Obra de arte de la semana

La pintura indomesticada

Por Claudio Invernizzi

El día que Basquiat y Tola comieron mejillones en el Puertito de Don Anselmo
La noche estaba fría y el salitre flotaba contenido en la irregular pared de cerros. La espuma y la arena creaban caprichosos remolinos envolventes que cercaban los huesos y la carne de los pocos miles de habitantes. El mes de julio volvía el lugar tan inhóspito y solitario como el lecho barroso de un río desconocido en una noche sin luna. A ese desolado letargo llegó un grupo de niños, niñas y adolescente norteamericanos -afros e hispanos en su mayoría- que bajaron del tren de las 13:30 hs. en la estación de Pan de Azúcar para luego ir hasta Piriápolis.
Corría el año 1967.
La insólita visita, probablemente financiada por una agencia de intercambio estudiantil abocada a la re-creación de paisajes humanos, estuvo rodeada de hechos memorables. Sin embargo, hubo uno que vaya a saber si por desmemoria, desinterés o porque los cronistas de la verdad sólo confían en lo sucedido, pasó desapercibido: la presencia de un niño de siete años llamado Jean-Michel. Aquellos muchachos y muchachas se transformaron en la atracción invernal del balneario, claro está. Pero mientras todos andaban en busca de caracoles y almejas en la arena de congeladas huellas efímeras y otros organizaban aventuras en los cerros cercanos, el pequeño e independiente Jean-Michel había descubierto el taller de pintura de Tola en la última planta de un edificio de cuatro pisos. Todas las tardes iba a visitarlo. El pintor local era reconocido, entre otras cosas, por la fascinación que ejercía sobre los más pequeños; así que rápidamente entraron en confianza y cuando Jean- Michel llegaba, el pintor ya le había aprontado una paleta y una tela. Pero el niño, ajeno al ofrecimiento, elegía siempre las paredes del taller o los cuadros ya pintados por el propio artista. Contrariamente a lo que se podría pensar, Tola sentía que aquellos monigotes y la salvaje desfachatez con la que intervenía lo ya pintado fortalecía el pulso callejero con el que quería dotar a su pintura, ese agujero incalificable, desconcertante y hasta incómodo para el ojo crítico de la época.
Cuando aquellos muchachos y muchachas iban a emprender el regreso a Manhattan, Tola, por aquel entonces con 50 años, rindió tributo a su amistad con aquel inspirador niño de 7 años e invitó a todas y todos a comer mejillones al Puertito de Don Anselmo.
Una década después de aquello, Jean-Michel Basquiat comenzó a pintar pedazos del espíritu de los cuadros de Tola en las paredes de Nueva York y el pintor, a su vez, dejó siempre los monigotes que el Basquiat niño había hecho sobre sus cuadros.
Es más, mientras Jean-Michel pintaba los muros, Tola sacaba de los marcos sus enormes telas pintadas y las pegaba en las paredes de la ciudad hasta que alguien con frío las despegara, las llevara y las usara para protegerse de la intemperie.

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