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¿El fin de las Áreas Protegidas? (Parte 2)

Actualizado: sep 17

Por Aramís Latchinian


Ante el debate que se planteó en algunos ámbitos más o menos especializados, por la propuesta (incluida inicialmente en la Ley de Urgente Consideración), de modificar sustancialmente el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP), 25siete se propuso hacer un aporte en la divulgación del tema en discusión.

En nuestra nota anterior comentamos brevemente acerca del turbio y poco conocido origen histórico de las áreas protegidas. Pero también nos referimos a la evolución que experimentó esta herramienta de conservación al desembarcar en América.


Las áreas protegidas fueron el inicio de las políticas de conservación de la biodiversidad en nuestro continente, pero ya no son suficientemente eficaces. La intensidad de las intervenciones humanas sobre el territorio ha experimentado un incremento enorme en las últimas décadas, impactando de forma significativa en la flora y la fauna silvestre, y poniendo en riesgo a todos los ecosistemas naturales.


Las áreas protegidas se han transformado en parches aislados, en un territorio cada vez más antropizado, por lo que las nuevas políticas de conservación se deben enfocar en romper ese aislamiento, en conectar a las áreas protegidas entre sí. Aumentar la conectividad ecológica, más que la cantidad de áreas protegidas.

Parches de Naturaleza, salpicados sobre un territorio antropizado

En mayor o menor grado, la pérdida de biodiversidad es un problema común a todos los países del mundo, la diferencia está en cómo enfrenta cada uno el problema.

La degradación ambiental a escala territorial, comienza con la modificación de los hábitats naturales (por agricultura, ganadería, minería, urbanización, vialidad, etc.) y continúa con su aislamiento, esto es lo que se denomina fragmentación ecológica: la transformación del ambiente natural en un mosaico de parches salpicados sobre el territorio y con escasa conectividad entre ellos.

La fragmentación ecológica tiene entonces dos síntomas: Modificación de hábitat y aislamiento o pérdida de conectividad.


Las áreas protegidas en América han sido una estrategia eficaz para enfrentar el primero de estos problemas: la modificación de hábitat naturales por la actividad humana. Cada área protegida es un fragmento sobre el que se hacen esfuerzos especiales de conservación para que no se continúen degradando sus ecosistemas, y en esa política no se debe retroceder. Pero no se resuelve el segundo problema, la falta de conectividad, su aislamiento.


Y a lo largo del tiempo, el aislamiento y la fragmentación provocan modificaciones cada vez más significativas en el territorio que rodea a las áreas protegidas, generando graves problemas ecológicos dentro de las propias áreas protegidas, que se pueden agrupar en tres procesos:

- Reducción neta del tamaño de las poblaciones naturales.

- Aumento de las zonas de borde, parcialmente modificadas, respecto de la zona conservada.

- Aislamiento de los parches y pérdida de biodiversidad.


A estos problemas debemos sumar la tensión permanente entre uso y conservación, que eventualmente se manifiesta en conflictos socio-ambientales, de variada intensidad.

La evolución de las políticas de conservación

Así, las políticas de conservación en el mundo han evolucionado en las últimas décadas, de la protección de especies emblemáticas o ecosistemas singulares, hasta la visión actual de conservar el funcionamiento ambiental del territorio, sin restringir a priori sus usos productivos, siempre que éstos no pongan en riesgo la estructura de los ecosistemas y las funciones de conectividad.


Un primer nivel de abordaje del problema de fragmentación ambiental, es la ecología de paisajes, con un peso significativo de los corredores ecológicos.[1]


No es posible analizar un ecosistema como la suma de miles de componentes bióticos y abióticos, que se deben conservar individualmente (el enfoque de la máquina ecológica). Las relaciones entre los componentes y los procesos que ocurren en el territorio, son aún más relevantes que los componentes en sí. Los ecosistemas son sistemas complejos, con resultados emergentes, distintos de la sumatoria de las partes que los constituyen. El abordaje para su conservación se debe basar en considerarlos como una unidad, y analizar sus funciones e interacciones, más que sus componentes particulares.


La conectividad es uno de los procesos vitales para preservar la biodiversidad, que consiste en mantener los flujos naturales entre ecosistemas. Flujos de materia y energía, de genes y especies, de semillas y esporas, entre otros. En este contexto, las áreas protegidas constituyen los núcleos de dispersión y los sumideros, mientras que los corredores ecológicos son los canales, que aseguran los flujos hacia afuera y hacia adentro del área que se está gestionando.


El primer gran salto evolutivo en las políticas de conservación fue orientarlas a la conectividad entre fragmentos, y no solo a la conservación del propio fragmento. Pero esta estrategia también tiene debilidades; los corredores tienen una eficacia selectiva, pueden promover la dispersión de unas especies más que de otras; de esta forma contribuyen a establecer nuevos equilibrios, más que a conservar los equilibrios naturales preexistentes.


Por este motivo se ha comenzado a revisar también el enfoque de los corredores ecológicos, hacia estrategias de mayor amplitud y complejidad, según las necesidades de cada caso, incorporando otras herramientas (fuentes, sumideros, barreras), conformando redes de conectividad ecológica, que se deben diseñar según cada contexto, que admiten pocas estandarizaciones.

Los usos productivos en las estrategias de conservación

Así es que hoy, el enfoque más aceptado por los equipos de investigadores en el mundo, es el desarrollo de redes de conectividad, que aseguren la continuidad de los procesos ecológicos y los servicios ambientales, aplicando distintas herramientas de conservación, que no prohíban los usos productivos del territorio, sino que los regulen para asegurar los objetivos de conectividad y conservación.


Se intenta asegurar un mosaico básico que garantice la conectividad y la estabilidad ambiental del territorio, pero en función de las particularidades de cada región. En algunos casos la conectividad es determinada por la heterogeneidad del paisaje, en otros por la hidrología superficial.


En un país como Uruguay, modificado profundamente en su territorio y tempranamente en su historia, las estrategias de conservación deben estar asociadas a la sustentabilidad de los usos más que a la no intervención y la preservación de los ecosistemas intocados. En Uruguay, los flujos ecológicos y la conectividad se deben asegurar principalmente mediante la planificación de los usos productivos del territorio, que constituyen las mayores amenazas y causas de fragmentación.


En nuestro país existen componentes del ambiente que, de mantenerse saludables, tienden a funcionar naturalmente como corredores (cursos fluviales y cuencas hidrológicas, cuchillas, praderas), y por lo tanto deben integrarse como elementos centrales en el diseño de las redes de conectividad. Pero para que sea sustentable, una red de conectividad debe estar integrada a la planificación territorial.


Es importante resaltar el cambio conceptual que implica el desarrollo de redes. Pasamos de las áreas protegidas, donde las porciones del territorio se aíslan para conservarlas, a los corredores y las redes, que, a diferencia del aislamiento, promueven la conectividad y los flujos.

SNAP 2.0

Uruguay tiene un sistema nacional de áreas protegidas con apenas 15 años de historia,[2] pero que se nutrió de varias áreas protegidas preexistentes. Y aquí la problemática no es muy distinta a la de otros países de la región, la fragmentación ambiental del territorio continúa y las áreas protegidas van quedando cada vez más aisladas. El gran desafío para la conservación es conectarlas y comenzar a revertir la fragmentación ecológica.


En un Sistema las partes se ensamblan y organizan, co-evolucionan y establecen equilibrios, para cumplir una función específica. Y el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) de Uruguay debe evolucionar en esa dirección. El SNAP debe dejar de ser una sumatoria de áreas, protegidas pero aisladas, se debe redefinir como un conjunto de áreas protegidas, vinculadas por corredores ecológicos, en el marco de una estrategia de conectividad.

Hoy la principal política de conservación del SNAP debe ser la conexión de sus áreas protegidas, asegurando usos sustentables del territorio, y no necesariamente aumentar la cantidad de áreas protegidas.


Finalmente, nos permite ser optimistas el hecho de que las intendencias de Río Negro y Paysandú, están desarrollando un corredor ecológico (el primero en Uruguay) para conectar las áreas protegidas Esteros de Farrapos (Depto. de Río Negro) y Montes del Queguay (Depto. de Paysandú). Es posible que sea el inicio de un nuevo tipo de políticas de conservación en Uruguay, el tiempo lo dirá.

[1] Un corredor ecológico es “un espacio geográfico claramente definido que se gobierna y gestiona a largo plazo para mantener o restaurar una conectividad ecológica efectiva.” Hilty, J. et al. (2020). Guidelines for conserving connectivity through ecological networks and corridors. Best Practice Protected Area Guidelines Series No. 30. Gland, Switzerland: IUCN.

[2] Decreto 52/005 promulgado el 16/02/05 – Reglamento de la Ley N° 17.234 de 22/02/2000 que crea el Sistema Nacional de Áreas Naturales Protegidas.

Publicación original 15/09/2020

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