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El misterioso grito de Munch

Por Baltasar Aguilar Fleitas

Un día como hoy, 12 de diciembre de 1863, nació el gran pintor Edvard Munch, en Løten, Noruega. Falleció en 1944. Su obra más conocida es El grito


Casi todo el mundo ha visto esta obra. Es imposible calcular y leer lo que se ha escrito sobre ella. Se la conoce como la Mona Lisa moderna. Se dice que es un ícono de los últimos siglos y de la época actual. También que es la pintura más representativa de la relación entre el arte y la locura. Ese infierno de palabras escritas sobre El grito por prestigiosos especialistas no nos debe abrumar. Así que los invito a que contemplen la pintura y se dejen invadir y estremecer por ella, aunque la tengan en un llavero. No se puede decir que sea muy bella pero lo que interesa es la cantidad de significados que puede tener o atribuírsele razonablemente. Entonces, aprópiense del cuadro, háganle decir todo lo más que el cuadro pueda decir.


Hay, sin embargo, algunas cosas que conviene saber. No siempre la vida de un artista tiene relación con su obra. Pero en este caso no hay dudas de ese vínculo. Munch vino al mundo a sufrir. Las tempranas pérdidas de su madre y su hermana Sophie debido a tuberculosis, marcaron su infancia y adolescencia e influyeron decisivamente en su arte. Munch siempre aludió en sus pinturas a la muerte, la soledad, la enfermedad, la vejez, la angustia…algunos títulos de sus cuadros dan cuenta de esa obsesión: La niña enferma, Muerte en la habitación, La madre muerta y la niña, Melancolía, Amor y dolor… Al final de su vida dijo: "sin temor ni enfermedad, mi vida habría sido como un barco sin timón". Munch vivió en soledad. Padeció depresión y alcoholismo, tuvo ideas suicidas y alucinaciones…


Esas preferencias temáticas (o ese destino) las compartió Munch con una corriente artística de gran importancia que fue el expresionismo.


¿Qué quiere decir expresionismo? Significa que el pintor no pinta, como pudo suceder en este caso, un puente común sobre un ancho y tranquilo río, cruzado por unas personas que andan paseando distraídamente bajo un cielo celeste en una apacible tarde de verano. Al pintor expresionista no le interesa eso, no le importa pintar la realidad tal como se ve; por el contrario, utiliza esos elementos para transmitir una vivencia propia, para expresarse, de ahí el nombre, sobre un asunto que lo conmueve, un estado del alma. Y para lograr esa expresividad, distorsiona todo: paisajes, cielos, personajes…


La primera pregunta que nos surge al ver este cuadro podríamos expresarla así: ¿qué es y quién es ese personaje que ocupa el primer plano? Parece que al principio Munch quiso pintar un hombre común pero cambió de parecer cuando vio en Paris una momia peruana de rasgos andróginos y que juzgó más adecuada para que esa vivencia que quería transmitir fuera de validez universal. Ese personaje, que puede ser cualquiera de nosotros o el símbolo de otra cosa, no parece un hombre común, normal, más bien parece un ser extraño con rasgos humanoides, que tiene el rostro desencajado, los ojos y la boca abiertos, mientras se tapa los oídos con unas manos raras y desproporcionadas. Es un ser transido, distorsionado por una intensa emotividad.


La segunda interrogante que nos asalta ante esta famosa pintura es ¿ese sujeto grita o escucha un grito? El mismo Munch parece contestar esta duda: “Paseaba por un sendero con dos amigos –el sol se puso– de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio –sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad– mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza”.


Si damos crédito a esta descripción del momento que vivió Munch, el personaje principal del cuadro no grita sino que escucha un grito. O sea, a pesar de todo lo que se ha dicho, en El grito, de Munch,  no hay nadie gritando.


Ese grito al que alude la pintura ¿es el grito que arroja Munch al mundo en un cuadro para que todos se enteren de su peripecia vital? ¿O es un grito premonitorio que sólo Munch escuchó y que veinte años después se transformaría en guerra? Y si lo traemos a nuestro tiempo, ese cielo amenazante pintado en forma de ondulaciones de colores cálidos ¿no será el grito de la Naturaleza moribunda que hoy destratamos sin piedad? ¿O es el grito contenido de cada uno de nosotros ante un mundo violento y una vida insustancial? ¿Y ese puente? ¿Por qué poner ahí un puente en medio de una naturaleza enojada y una emotividad desbordada? ¿Puede ser que ese puente implique un pasaje, como el pasaje final que a todos nos espera, de un lado (este lado) a ese otro lado, enigmático, misterioso? Y se puede seguir…conjeturen ustedes, hagan que el cuadro grite.


Sin embargo, los acompañantes, que se ven en la parte más alejada del puente, no parece que escuchen lo mismo, se les ve tranquilos. Tampoco se observa ningún impacto de algo natural o sobrenatural en las embarcaciones que se ven al fondo. Este detalle importa: las vivencias siempre son subjetivas, personales, tanto en intensidad como en contenido.


El grito es un cuadro del que Munch hizo obsesivamente más de cien versiones entre cuadros, dibujos, grabados, litografías, etc. La versión más difundida, que se ve en la figura, está en la Galería Nacional de Oslo, Noruega. Es un óleo, temple y pastel sobre cartón, mide 91 cm x 74 cm, fue pintado en 1893. La sociedad mercantilizada y de consumo moderna también nos permite verla en remeras y otras prendas.


Esta obra fue robada en 1994 y recuperada 8 semanas después, y robada por segunda vez en 2004 y recuperada a los 2 años.


Después de proferir este y otros gritos, Munch murió como había vivido: solo…perdón, solo no, murió en las afueras de Oslo en compañía de sus dos perros. No es poco…

Publicada: 12/12/2023

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