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El realismo uruguayo de Fernando Butazzoni

Por Hugo Rodríguez

Una historia con gancho, un buen título, una portada atractiva, incluida la foto del autor en la solapa. Esa es la carta de presentación de Una historia americana. Lo de adentro le tocaba a Fernando Butazzoni. Y pasó la prueba.

No es que haya que sorprenderse de que Butazzoni haya escrito una buena novela. Es que este autor venía de impactar con Las cenizas del cóndor y el listón estaba realmente muy alto. Tras esa novela tan bien lograda, aventurarse con otro episodio del pasado reciente, y con bastantes similitudes de diseño al de su antecesora, conllevaba algunos riesgos. Por un lado, el riesgo de todas las “segundas partes”, ya suficientemente advertido por el refrán. Por otro, el riesgo de sucumbir a las tentaciones inherentes a una historia a la que buena parte del público le asegura taquilla de antemano, a punto de partida de la mística de que gozan los tupamaros en el imaginario colectivo. Pero, por sobre todo, estaba el riesgo de que los lectores no le perdonáramos que la otra novela fuera mejor. Butazzoni logró salir casi completamente ileso.

El “casi” se propone castigar la única concesión que se le puede achacar a su intensa historia: una cierta hiperbolización del rol de la guerrilla en la historia nacional y continental de los últimos cincuenta años. No es que la historia del MLN-Tupamaros no haya tenido incidencia en el devenir histórico del Uruguay, sino que ni la imposición del terrorismo de estado ni su derrota se pueden explicar mínimamente a partir de anécdotas o decisiones tácticas asumidas por las organizaciones armadas en 1970, tal como debería inferirse si se tomaran al pie de la letra algunos pasajes de la novela. En todo el resto de la narración predomina una mirada crítica, inteligente y sensible de los dramáticos sucesos que describe.

Y la historia resulta tan densa en su contenido, como intensa en lo emocional y amigable para la lectura. En sus cuatrocientas noventa y cuatro páginas se describen solamente diez días de la historia del Uruguay. Desde el secuestro de Mitrione el 31 de julio de 1971, hasta el hallazgo de su cadáver acribillado en la madrugada del 10 de agosto. La historia se teje simultáneamente en torno a la peripecia de una familia media y a una trama de espionaje e intervencionismo extranjero. Sobre esas historias de ficciones-no-tan-ficciones se insertan los personajes históricos muy reales, desde el presidente de la época Jorge Pacheco Areco, hasta el dirigente tupamaro Raúl Sendic, pasando por Jorge Pérez, a quien los guerrilleros secuestraran para robarle el auto prestado que conducía el día que se dio muerte a Dan Mitrione. El lector no puede abandonar la novela. Puede discrepar, enojarse, desconcertarse, hacer su duelo por la pérdida de las visiones lineales de los sucesos (que por cierto no equivale a convertirse en un sujeto equidistante), pero no abandona la novela.

Las dos tramas paralelas y diversas de Una historia americana están protagonizadas por hombres y mujeres que no saben de la existencia de los personajes que habitan la otra parte de la historia que se desenvuelve simultáneamente. Aunque paralelas, ambas se entretejen, dialogan y chocan para develar paralelismos -a priori insospechados- y así adquirir, en la complejidad, su significado pleno.

Y vale aclarar que, por más que la obra se ubique en lo que se ha dado en llamar ficción, lo ficticio es mínimo y casi accesorio. No se pinta una situación históricamente concreta para que haga las veces de escenografía de los sucesos vitales novelados. Por el contrario, la ficción es el pretexto para la construcción narrativa de los sucesos históricos en que se desenvuelve.

Visto desde la narración de esos sucesos históricos, lo primero que sacude al lector es la enorme honestidad intelectual con la que Butazzoni construye su relato, sin omitir las partes incómodas e, incluso, repasando y hasta regodeándose con todos y cada una de las contradicciones y dobleces que adornan a los protagonistas de la novela. Esto, que sería fácil desde una postura neutra e indolente ante el drama del país en esos años y los que le siguieron, es resaltable en un texto comprometido, que invita a una reflexión ética honda sobre el poder y la política. O sobre el rol de la ética como marco de contención a la lucha política por el poder.

Espero no plagiar si digo que imagino a Butazzoni inmerso en una corriente literaria que no sé si existe, pero que, en su caso, llamaría realismo uruguayo, caracterizado por un par de rasgos muy definidos. El primero de ellos, que justifica el término “realismo”, ya fue señalado: la ficción aparece absolutamente subsumida, y aún sometida, a los sucesos reales hasta en sus detalles menores, con personajes ficticios de la novela que viven gracias a los protagonistas históricos. La ficción es funcional a la historia real. El segundo, que justifica el adjetivo “uruguayo”, es que la novela está dibujada sobre el color patrio: el gris. Los personajes, las calles, los diálogos, los sucesos, las lluvias frías, la cárcel del pueblo, la ferretería, los barrios, están dibujados en clave de gris. No solo se habla de nosotros, sino como nosotros. Lo mágico no viene como parte de la naturaleza, el ADN o la cultura de algún Macondo, sino que aparece, sorprendiendo, sobre un telón de fondo simple y sencillamente gris. Tal vez por eso pega tanto.

Leer en el Astillero de las Letras.

Publicación original: 04/08/2020

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