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Elecciones departamentales: del mainstream a La Mojigata

Por Bruno Gola

Podría ser este un análisis politológico clásico, basado en un estudio exhaustivo de los datos numéricos y las trayectorias de votación en los distintos departamentos y municipios, atravesado por la incidencia de la aplicación de determinadas reglas electorales. Sin embargo, las líneas que siguen ponen el foco de atención en algunas otras particularidades que los comicios del pasado domingo han expuesto, sujetas a la interpretación de quien escribe.


Son muchos los elementos acerca de los que podemos reflexionar en función a lo que el último acto eleccionario nos dejó. Se desarrolló en el marco de una pandemia mundial que propone nuevas pautas de “normalidad” a las que el universo de la política no escapa. A modo metafórico podríamos decir que el covid-19 manejó los relojes de esta larga campaña: aplazó las elecciones y por tanto extendió la campaña, lo que hizo que con el pasaje del tiempo la población fuese cambiando sus prioridades, interesándose por las elecciones y procurando informarse en distintos momentos, y teniendo mayor o menor receptividad a unos u otras candidatos/as. La más clara materialización de este proceso se vio en Montevideo: basta con observar la intención de voto de los y las elegibles expresada en las sucesivas encuestas de opinión pública para dilucidar cómo el estiramiento de los plazos desfavoreció –por ejemplo– a Daniel Martínez, en comparación con sus competidores/as.


Quien en lo previo se hubiese interesado por lo que estos comicios pudieran arrojar sabía que había tendencias claramente demarcadas, y algunas pocas dudas. Dentro de las primeras figuraba el carácter metropolitano del Frente Amplio –con Montevideo y Canelones como bastiones–, el alcance nacional blanco y el Rivera colorado. Las interrogantes aparecían en las intendencias de Salto, Paysandú, Río Negro y Rocha, todas ellas de proyección reñida. Esto que a priori podía parecer incierto, acabó por presentar un escenario notablemente favorable al Partido Nacional, quien venció en tres de las cuatro pulseadas y extendió así su proyección territorial nacional.


Esto último tiene varios detalles en los que podemos puntualizar. El más claro es que todas las intendencias que podían devenir en un proceso de alternancia eran de gobierno departamental frenteamplista. Además, en todas ellas los candidatos del partido progresista postulaban su reelección (en tres casos inmediata), detalle para nada menor, dado que la tendencia en el interior del país es que quien va en búsqueda de un nuevo período suele vencer. Todo esto demuestra no solo que el Partido Nacional logró ganar el gobierno departamental de estas intendencias en condiciones sumamente competitivas, sino además que sus gobiernos departamentales cuentan con cimientos más fuertes y la victoria nacionalista no estaba en duda en ninguno de ellos. Es más: lograron mantener con holgada diferencia en departamentos donde se han constatado manejos impuros de la cosa pública, como ha sido el caso de Colonia con su reelecto intendente Carlos Moreira.


Por su parte, en lo que a Canelones y Montevideo respecta, si bien se confirmó la tendencia de predominancia frenteamplista, hay muchos pormenores sobre los que detenerse para entender el presente y el futuro político. La consagración de Carolina Cosse como intendenta de la capital del país acaba por coronarla como la gran ganadora de esta extensa campaña electoral, por la que fue transitando de menos a más, con una postura más confrontativa (menos moderada) que la de sus compañeros de partido, lo cual fue congruente con el apoyo que recibió de parte del ala ubicada más a la izquierda del espectro político frenteamplista. Digo esto último porque la candidatura de Álvaro Villar tuvo un respaldo que podría catalogarse de “mixto”, puesto que recibió el apoyo del MPP y del sector de Mario Bergara, subgrupos con bastante distancia ideológica entre sí. Para el caso de Daniel Martínez, por su parte, este fue a mi juicio el “entierro político” del ex-presidenciable, quien recibió un respaldo de las urnas acorde a la campaña que realizó para las pasadas elecciones nacionales y no conforme a su altamente aprobada gestión al mando del órgano que pretendía liderar nuevamente.


A pesar de todo lo antes dicho, no debemos pasar por alto que estas elecciones también fueron municipales. Aunque respecto a las elecciones anteriores hubo un crecimiento importante en la cantidad de gente que votó el tercer nivel de gobierno (10%), los uruguayos siguen atribuyéndole poca relevancia. En concreto: solamente un 34% de los y las habilitadas para votar municipio lo hicieron. Esto dio lugar a algunas sorpresas. Algunas de ellas son la pérdida por parte del Frente Amplio de municipios históricamente importantes para su construcción territorial, como lo son Chuy, Piriápolis y San Carlos. Sin embargo, a mi entender la más llamativa pérdida a este nivel se dio en uno de sus municipios más característicos: el F. La dimensión que hace de este un hecho llamativo es la cuestión de clase: se trata de un municipio que engloba a un montón de barrios de la periferia de la ciudad, de clase trabajadora, de histórica raigambrefrenteamplista. Será urgente para el Frente Amplio revisar esta situación, sobre todo considerando que las elecciones del pasado año ya habían arrojado caídas en el caudal de votos conseguido en varios de los barrios componentes de este municipio.

Los resultados en un marco histórico

Para analizar lo sucedido el pasado domingo resulta pertinente presentar un mínimo detalle histórico de las elecciones departamentales, para incorporar al análisis el “factor alternancia”. En el año 1997 se materializaron en la Constitución algunos cambios reglamentarios, entre los que se incluía la separación de las elecciones nacionales de las departamentales. Esto implicó que los comicios de departamentos del año 2000 fueran los primeros en desarrollarse de forma autónoma respecto a las elecciones nacionales. A propósito, la siguiente elección departamental (año 2005) sería la primera a darse posterior a una alternancia en el poder producto de la elección nacional del año que había pasado, en la que el Frente Amplio había desplazado del poder a los partidos tradicionales. El pasado domingo se dio por segunda vez esta situación, aunque esta vez era el Frente Amplio quien había resultado derrotado en la contienda nacional del año anterior. En aquella elección del 2005, el partido anteriormente ganador (Frente Amplio) consiguió ganar siete de las intendencias del país, quedándose con un total de ocho bajo su dirección, mientras que en este 2020 el Partido Nacional obtuvo otras tres intendencias, ascendiendo a quince el número de departamentos bajo su gobierno.


Presentado lo anterior, a muy grandes rasgos podemos resumir lo sucedido en las elecciones del pasado domingo como una confirmación de las tendencias que anteriormente calificábamos como previsibles, seguidas de algunas peculiaridades. Por un lado, el Partido Nacional aumenta su proyección territorial en el interior del país, recuperando tres intendencias. Por el otro, si bien el Frente Amplio pierde los tres gobiernos departamentales nombrados y algunos municipios importantes para la construcción política de su territorialidad, conserva los dos departamentos más poblados del país, sumado a Salto, otra región de importancia en el interior del Uruguay. Todo esto debe ser entendido en el marco de la primera elección que se da posterior a la pérdida del gobierno nacional por parte del Frente Amplio.

Camino a 2024

Ahora bien, pensemos en el mapa político en un futuro cercano. A pesar de todo el camino que resta por andar de aquí hasta 2024, los resultados electorales de Montevideo y Canelones nos aportan elementos para ir pensando en algunos nombres y orientaciones dentro de la interna frenteamplista de cara a ese entonces.


En la capital del país el Frente Amplio obtuvo la Intendencia en manos de una candidatura que tiene varios detalles interesantes sobre los que pensar. Se trata de una intendenta mujer, con todo lo que ello implica en tiempos donde continúa siendo más dificultoso para ellas (que para los hombres) acceder a puestos de alta jerarquía política, y donde los feminismos (bandera con la que Cosse se ha embanderado) vienen a desafiar algunas de las tan arraigadas estructuras que hacen a la política uruguaya. A lo anterior se añaden los movimientos que Cosse fue realizando para con distintas figuras o sectores del Frente Amplio: recibió apoyo del MPP para su precandidatura a la presidencia, luego fue invisibilizada por Daniel Martínez en la composición de la fórmula presidencial, todo lo cual devino en la construcción de una alianza con el Partido Comunista, que la respaldó para las elecciones de octubre 2019 (parlamento) y setiembre 2020 (intendencia). Así, como esgrimía anteriormente, la candidatura ganadora de esta disputa electoral fue la más izquierdista de las ofertas presentadas por el Frente Amplio.


En paralelo con este corrimiento sectorial de la recientemente electa intendenta, podemos observar un impulso del MPP a la futura candidatura de YamandúOrsi, quien ganó cómodamente en Canelones, disertó con una enorme proyección de la bandera de Uruguay detrás de él y contó con la visita de la principal figura del sector más votado del Frente Amplio: José Mujica. Un MPP que, por cierto, parece “jugar todas sus fichas” a consagrar a Orsi como el gran heredero de la popularidad de Mujica, que el sector no pudo materializar en las candidaturas de Ernesto Agazzi (elecciones internas del FA, 2012), Alejandro Sánchez (elecciones internas del FA, 2016), Lucía Topolansky (departamentales, 2015) y ahora Álvaro Villar (departamentales, 2020).


Con la derrota de Álvaro Villar en Montevideo, el candidato que entiendo presentaría el MPP para el 2024 (Orsi) no tiene el camino despejado, sino que por el contrario, deberá correr la carrera hacia la candidatura frenteamplista en competencia directa con quien parece catapultar el Partido Comunista: Carolina Cosse. El mapa político de las pasadas elecciones primarias dejó a otras candidaturas en la retina de la población, como son Mario Bergara, o el propio Óscar Andrade; pero quienes parecen correr con cierta ventaja son quienes en la jornada del pasado domingo se quedaron con las intendencias de los departamentos más poblados del país.

Rever desde una perspectiva de izquierda

Los resultados de las elecciones departamentales y municipales en nuestro país hacen saltar a la vista la necesidad de detalles a ajustar por unos y otros. Unos demasiado arraigados en el urbanismo centralista, otros en el tradicionalismo del interior del país. Ahora, bien: eso no es lo único. El Frente Amplio, quien desde mi perspectiva resulta más afectado por este acto eleccionario, debería rever varios elementos que pueden explicar sus problemas a nivel departamental y municipal.


Hay dos ítems que considero sería pertinente revisar: la interminable lista de hojas de votación disponibles y el desarraigo en el interior del país. En el primer caso, sería interesante oponer la cantidad de listas presentadas a la baja tasa de votación de hojas de votación municipales por parte de la población. Por su parte, para abordar el segundo punto es menester hacer una lectura propiamente de izquierda de las administraciones departamentales y municipales. Estas no solo remiten al arreglo de los problemas de alumbrado, basura y carreteras, sino que están fuertemente cargadas de contenido político, el cual no debe vaciarse ni invisibilizarse bajo los discursos de la gestión, sino, por el contrario, reivindicarse.


El mainstream nos dirá que los y las dirigentes del Frente Amplio que quieran “catapultarse” de cara a 2024 tendrán que incursionar en un camino de corrimiento ideológico hacia el centro del espectro político, como han hecho otros y otras hasta el momento. Lo que yo me pregunto es si ese proceso que implica seguir hablando tanto de gestión y poco de lo sustancialmente político no es continuar cediendo en la disputa de sentidos con la derecha.


Sin comprender la importancia de construir desde el territorio como espacio de encuentro directo de la comunidad donde pueden suscitarse procesos de transformación socio-cultural que generen disrupciones, al Frente Amplio le va a resultar extremadamente difícil hacer tambalear los cimientos que sostienen la interacción social en el interior del país. Allí, donde reinan los vínculos caudillistas, donde el voto personal prima por sobre el ideológico, y donde la política no es vista como una herramienta de transformación, sino más bien de atribución de favores, allí es donde el Frente Amplio necesita cambiar dónde está poniendo el foco. Aunque no solo allí: también donde posee altos caudales electorales. Es justamente en esta necesaria forma de dotar de contenido político a la cuestión territorial donde se da lugar a una oposición paradigmática de las formas de concebir la participación, y hasta la propia democracia.

“Atrás de cada gestión, siempre hay una ideología” (La Mojigata, 2017).

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