• 25siete

La mecedora de la nostalgia

Por Juan Carlos Domínguez

Aquel 24 de agosto fue diferente al del año anterior. Y sin saberlo también muy diferente a los sucesivos: nada volvería a ser igual. Nunca pude explicarme aquel extraño deseo de ir por lo del Tata. Algo me obligó casi sin que yo pudiera darme cuenta. Hoy me cuestiono si no fue el destino que intentaba comunicarme aquel mensaje.


Tengo el recuerdo de que había terminado Bonanza y empezaba Johnnie Quest. Me pregunté qué hora sería. ¡Era toda una transa! Para ver la hora había que apretar un botón y aparecían unos números rojos en aquel reloj Argentronic. Y como si fuera poco, indicaba una hora que se contradecía con la que anunciaba ese sartén de Aluminios Mariposa que colgaba en la cocina. Disqué al 6 y la “señora indicará” (señal) me confirmó que ambos estaban equivocados. No entendería por qué hasta dentro de un buen rato. En realidad…yo no creo ser capaz de comprenderlo.


Fumar un Master Azul me ayudaba a pensar y decidir. Me incliné por lo actual: descarté los vaqueros Lee corte herradura y me puse el Little Stone nevado. Calcé mis botas Fray Mocho de gamuza y con ello descarté llevar las galochas por si llovía. Por si las moscas, llevé mi sobre con el piloto. Aquellos pepos apretaban un poco. ¿O sería que quizá estaba acostumbrado a la comodidad de los championes Gamo? Me completé con una camisa de cuello Mao comprada el día anterior en Red Cheeks en la Galería Iguazú. Y por si refrescaba, me tiré un Burma por sobre los hombros. Ya casi pronto, decidí a última hora cambiar el nevado. Tenía dos opciones: el Edu con bolsillos cuadrados delanteros y oxford de 30 centímteros, o tal vez el Levi’s que compré en Mercado Persa de la galería Costa de 18 y Tacuarembó y me salió 20,77 nuevos pesos. Como era original americano, era recheto. Prueba de ello era que tenía etiqueta roja y no naranja que eran los porteños y se los consideraba remercúricos. Me adobé con un poco de “Pino Silvestre” (se me había terminado el Colbert) y apliqué un toque de Lord Cheseline para asegurar la peinada por toda la noche pese a que estaba de moda el african look. Un impulso me llevó al tocadisco que había comprado en Centro Eléctrico antes de que se incendiara. Cambié de 45 a 33 rpm y sonó el long play con “Pibe, sos una fiera” y “Estoy hecho un demonio”. Las letras de Safari me dieron la energía necesaria para arrancar bien debute… aunque sin saber bien por qué. Hablando en términos de vinilo: me dieron la púa necesaria.


Todo iba bien: el Amdet 60 siempre tardaba en llegar lo que al segundero le tomaba en dar diez o doce vueltas completas. Pero el nuevo reloj no tenía agujas. Sin duda esta nueva tecnología no venía para quedarse, no se le veía futuro. Cavilando esto, apareció el doble fuselaje unido por un acordeón y apenas agarró el empedrado, soltó tus tiradores fuera de los cables y el guarda hubo de bajar para volver a conectarlo.

- Ponele pegalotodo, le grité.

Llegué con algo de retraso y el abuelo ya rezongaba porque se había enfriado la merienda. Lucía extraño con su blanca camisa Lavilisto (para no planchar, aunque bien pudiera ser una Rosa Negra) que había sumergido en Detersil y enjuagada con puro Lavol rojo. Su atuendo se completaba con unos pantalones Corcel y sus infaltables Sorpasso con medias plush!! Solía comprar sus cosas en Aliverti y a veces en Faggi Unica.


Recuerdo que esa extraña tarde su televisión Walford me obligó como diez veces a levantarme a “arreglarla” porque la imagen también hacía interferencia. Algo que yo no sabía que se continuaría repitiendo. Pero yo estaba diestro en acomodar la antena y lo solucionaba… ¡maldita la hora! Al regresar la imagen mi héroe Ultra Seven había perdido su lucha!


La idea era acompañarlo un poco y esto implicaba ser sujeto de interrogatorios de rigor y con ello dar revista a los temas recurrentes del carné del liceo, de que tuviera cuidado con la razzia, de los ómnibus grises y bla bla bla. El abuelo siempre le llamó “liceo” a la facultad y creía que aún me entregaban boletines. Finalizado el cuestionario, -como siempre- me pidió que fuera hasta lo de Don Juan a hacer los mandados. Munido de una chismosa, fui con el tarro a comprar un litro de kerosene, una botella de leche, cuarto kilo de gofio y una aguja para destapar oído de primus. Con el vuelto hice lo que indicaba el reclame: “comprate un chocolondo” y con los vintenes del segundo mandado a la farmacia, pude comprarle un Carambón Zabala para el abuelo, que quedó feliz con su Aliviol, su sal inglesa y su Loraga.


La cuarta mordida daba vueltas aun masticándose en mi boca, pero como pude balbuceé que la torta que la tía le trajo estaba deliciosa. Siempre había que decir que nada era mejor que la receta casera de la abuela. Eso evitaba un conflicto familiar al que todos evitábamos enfrentar. Ergo: quedó feliz y me negué a comer más. Aún de boca llena le avisé que subía a la habitación superior, mi guarida favorita de niño. Mientras ascendía aún se oía su acostumbrada queja: “será que nunca podés sentarte a comer tranquilo?” No obstante, nunca me negó que subiera, yo suponía que hasta lo disfrutaba. El bien sabía que yo iba allí a recordar a la abuela.

Al abrir la puerta de la buhardilla sentí que la misma energía especial que había experimentado un rato antes regresaba e invadía el lugar. Esta vez con más fuerza. Una ventana redonda con un sector de vidrio astillado, descomponía el haz de luz cálido en destellos multicolores que iluminaban aquella vieja reposera vaivén de la abuela. Entrecerré los ojos y descansé unos instantes ayudado por una paz interior que emergió de improviso. Al regresar del ensueño el tornasolado había dado un paso hacia el oeste y la luz se posaba ahora en el viejo armario de Casa América. La iluminación daba protagonismo a aquel descartado y viejo radiograbador Sanyo, cuyos cabezales del casetero se habían gastado de tanto limpiarlos con isopropílico. Juro por mis aquellos Sacariola, Soplagol, Financista y el Mecano -que aún estaban allí- que lo que contaré es verdad.


El astro rey continuó su recorrida y ya no enviaba rayos emisarios a través de la ventana. La habitación se mantuvo tenue por largo rato. Un ambiente extraño se creaba. Desconozco por qué, pero algo me llevó a lo insólito: tomé el viej radiograbador, lo colgué a la espalda de la mecedora. ¡Más insólito aún fue escuchar el zumbido de una nueva interferencia sin siquiera estar conectado a la red eléctrica! ¡De baterías ni hablar! Giré el dial. Sintonicé y alcancé a identificar que era la vieja CX44 Radio ColorPanamericana. Sólo captaba esa emisora. Pude reconocer la voz más joven de aquel locutor. Se oía “What does it take?” de Fifth Dimension…


Noté que algo me empujaba. Sentí que debía hacerlo. Casi sin caminar, como pude, me senté en la mecedora y ésta inmediatamente comenzó a girar sobre sí misma. Al principio como al ritmo de la canción. Y luego cada vez más rápido. Sin que yo pudiera detenerla, aturdido, opté por asirme y dejarme llevar. El mareo hizo el resto y perdí el sentido del conocimiento. No se cuánto tiempo transcurrió, pero desperté vibrante y cabal.


No puedo explicar, desconozco qué sucedió. Pero la suma de esa radio, esa música, esa energía me transportaron en el tiempo. Me ví a mi mismo. Flotaba por sobre una pista de baile. Me resultaba familiar. No tardé en reconocer a un muchacho que caminaba buscando muchachas para sacar a bailar: era yo mismo. Me comprobé dando vueltas, trillando la pista, arrastrando el ala del Bohemios y hasta pude divisar entre las burbujas y el humo a Ulises que musicalizaba con lo mismo que el radiograbador emitía. Me seguí atentamente con la mirada y vi que me dirigí a la pista chica, la de atrás, la de la cancha de pelota vasca, al lado del cuadrilátero de basket. Creí reconocer ese instante. Me atemoricé un poco, lo confieso. Segundos más tarde lo confirmé: vi a Betty que venía colgada con la música, pero en sentido contrario al mío. ¡Cómo no reconocerla si estaba hermosa como entonces, como siempre! Aquella noche se había aplicado Laque Net para sostener aquel peinado de mechones volados, con mechitas. ¡Hasta parecía Farrah Fawcett! Venía super colocada con sus botas blancas de plataforma que llegaban por sobre las rodillas, sus hot-pants Lee, su blusa bobita a lunares y una vincha. Bailaba más que caminaba. Volví a verme y asumí -a ojos de buen cubero- que unos diez metros nos separaban. Comencé a gritarme: “¡No, ¡no! ¡No vayas para ese lado! ¡Da la vuelta! ¡Sé lo que te digo! Tomá hacia el otro lado, ya conozco cómo termina todo!”


No llegué a tiempo. Recordé ese sobresalto cuando ví toda esa belleza a un par de metros. Como si fuera un acto reflejo, me abalancé y la invité a bailar. Se negó. Utilicé una frase matadora de Johnnie Tolengo: “qué hacés bebota, bailamos un rato mientras esperamos al lunes para casarnos?” Reconozco que como piropo fue malo. Pero, luego del breve mohín de disgusto, asomó tibia una leve sonrisa porque había empezado a sonar Lee Jackson con su “hey girl”. Pensé que era el momento propicio para insistir. Segundos más tarde sonaba Jim Sttaford y su “My girl bill”. El DJ estab bajando el ritmo, se venían las lentas, motivo por el cual mi corazón sonaba más fuerte que su “estoy cansada, luego seguimos”. Me pareció notar que lo decía no muy convencida, por lo que me envalentoné y redoblé la puesta mirándola con gesto adusto y le reconocí: “piba, vos sos una fiera y yo estoy hecho un demonio”. Mi mano izquierda a su cintura, la derecha subió su brazo apoyándolo en mis hombros. No se resitió y hasta creo que Ulises se dio cuenta porque mandó “you are the woman i’ve been looking for”. Y el muy cómplice, hasta alargó la tanda más de lo habitual, cosa que celebré. Al finalizar este bloque de baladas, hacía como quince minutos que le había pedido para arreglar. Así de una. Las lentas finalizaron y poco me interesó un desfile de modas de Cristina Gallo y Julia Moller quien hacía poco había sido Miss Uruguay. Presentaban la nueva colección de Fiorucci.


Decidimos salir e ir en mi Panhard a tomar algo y terminar de besarnos por ahí. Por las dudas no quise ir hacia el centro. Temía que ella quisiera ir al Morini o al Aguila… asi que puse proa para Malvín y asegurarme el Rodelú. ¡Mi Credisol no daba para tanto! Ella tomó una Bilz Sinalco y yo una Mountain Dew y nos comimos unos marcianitos. Luego un helado gigante en Batuk en la esquina del Valle Miñor, donde iba a bailar los domingos y ya no volvería más por razones que entenderán. Recuerdo que maldije porque hacía tres días había instalado una radio casetera Roadstar en el auto y la única emisora que funcionaba era CX32 Radiomundo. Luego de cargar combustible en una Shell, decidimos parar un rato en el besódromo. ¡Qué buen lugar! Llegaban parejas hasta en las Ondinas o en las Liggie 2000 y algunos en Graziella Cross. Todo era posible. Nos quedamos un rato allí, apenas iluminados por una luna que tiempo más tarde volvería a ver.


Aquella noche coordinamos para ir el domingo ir al cine California en la calle Colonia o el Radio City de la calle Ibicuy. Con cintas y papeles simularon rajaduras en la fachada y la calle. Es que daban Terremoto. Se decía que inaugurarían un nuevo sistema de sonido denominado sensaround que haría vibrar los asientos. En realidad prefería ir al cine para no cruzarme con la barra. Si me veían de novio, seguro que me gritarían “formador” y me dejarían de cara. Así que medio a lo sordina empezamos a ir a bailar al Banco República con la discoteca Camelot o al Dragon’s en la Gomensoro y los domingos nos decidimos por Hippoppotamus en la IASA. Tiempo después regresamos al Banco para participar de “Lulo tras los pasos de Travolta”, un concurso de baile. Por participar regalaban ropa Robert Lewis.

Y mientras… la magia continuaba conforme sonaban aquellos oldies. Nada podía ya frenar el “si, acepto” que se oía cada vez más fuerte. Fue en ese momento cuando le dije…

- ¡Abuelooo!! es que ya sabemos que te casaste con la abu Betty! - Chicos, ¡no me interrumpan ahora que iba a contarles la mejor parte! - ¡Noo! Queremos jugar con la play.

- ¡Qué play ni play! No prefieren oir la parte en que nació vuestro… - Nooo Tata… ya sabemos todos los cuentos de papá y de la tía. - Bueno… vayan con la play esa… ¡pero no me gusta que jueguen a las cartas por plata eh! - ¿De qué cartas hablás abu? - ¿Cartas dijeron? Quieren que les lea las cartas que la abuela… - ¡Noooooo! - Eran perfumadas - ¡Nooooo! - Ustedes se lo pierden. No los llevaré el domingo al cine baby del Metro!

Ellos fueron con sus juegos electrónicos. Quedé solo. Bueno, no tan solo: volví a subir los aquellos quejosos peldaños. Abrí la misma puerta crujiente.

Esta vez el sol no estaba… pero la luz de la luna descolgaba su fulgor sobre la mecedora.

Tarde segundos en prender la radio, volvió a sonar 5th Dimension. Tomé asiento en la mecedora, giré, viajé en el tiempo…y me vi.

Sonreí feliz. Allí estaba dragoneando con mi Betty en aquel besódromo… aquel momento… con la misma luna…

Sentí que le susurré al oído algo así como “no quiero separarme nunca de ti”. Y creo que aún lo cumplo…

Publicación original: 24/08/2021