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La rara cualidad de Enrique Soto

Actualizado: feb 9

Por Hugo Rodríguez

La muerte de las personas con alguna notoriedad, sobre todo cuando son prematuras e inesperadas, suele provocar dos reacciones típicas, casi estereotipadas, como disparadas por un arco reflejo.


Una es la que llevó a Horacio Buscaglia a pronunciar su célebre hallazgo (“¡Qué sponsor la muerte!”) a propósito del final de Eduardo Mateo y su súbita resurrección en la consideración pública. La otra es el impulso por recordar y dar a conocer situaciones autorreferenciales, no necesariamente significativas en la biografía del homenajeado.


La muerte de Enrique Soto no ha sido la excepción y temo que esta reflexión sobre su vida tampoco lo será.


Compartimos con Enrique la profesión médica y varios años de militancia sindical. Si la ideología y la política fueran una ciudad, diría que habitábamos el mismo barrio.


Aunque vecinos, nos tocó ser adversarios y socios en la interna del Sindicato Médico del Uruguay. Lo primero, cuando Enrique acompañó al Movimiento de Recuperación Sindical y luego a la lista Convocatoria. En esos años, 1997 a 2003, ni Enrique ni yo creíamos que esa elección era lo más importante del mundo, pero casi. No es difícil adivinar que por entonces se movían convicciones y pasiones de alto voltaje.


Posteriormente, compartimos algo más que el barrio en la histórica Fosalba. Pero aún en todos estos últimos años que nos vieron empujar un mismo proyecto sindical y político, recuerdo que fueron muchas las veces que me tocó decirle: “con eso no estoy de acuerdo”.


No tengo certeza de quién tendría la razón. Enrique apostaría a que la tenía él. Yo apuesto exactamente por lo contrario. Eso no tiene nada de extraordinario y no es de lo que vine a escribir en este recuerdo.


Lo extraordinario que hay en esta larga historia de matices de enfoque, de cuestiones entre vecinos, a lo largo de casi un cuarto de siglo, es que jamás se me generó la más mínima incomodidad por el hecho de discrepar con Enrique, de lo que fuera. Con él no existía esa posibilidad.


Esta cualidad es a mi juicio su principal legado para quienes lo conocimos y fuimos sus colegas y sus compañeros. Porque aporta un talante que escasea demasiado en el país, en la política (incluida la izquierda) y en la profesión.


Recién tomé plena conciencia de esta rara cualidad cuando el 15 de diciembre Alicia Ferreira escribió: “Enrique era de esos tipos que con la voz baja, sin gritar, sin faltarle nunca el respeto a nadie, cuando en una conversación mano a mano, te enojabas con algo porque era difícil de tolerar, sonreía y te decía: ‘¿Te parece? No te enojes...’”.


Necesitamos mucho de eso. No para transar ni conciliar aquello que no haya que transar ni conciliar. No porque todo dé lo mismo. No dan igual las leyes de la solidaridad que las del mercado. No es lo mismo ser torturador que torturado. No es igualmente respetable querer que los poderosos paguen muchos impuestos que militar para que los pobres sigan financiando ricos.


Nada de eso. Necesitamos esa cualidad porque la pretensión patológica de disponer del 100% de la razón, siempre y en todo, arriesgaría a perderla en su totalidad.

Publicación original: 19/12/2020