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Una pintora frívola y elitista o la intensidad de la vida

Por Baltasar Aguilar Fleitas


La semana pasada presentamos a Gustave Courbet, un pintor realista francés muy comprometido con los asuntos sociales de su tiempo.


Hoy haremos lo opuesto. Nuestra invitada es Tamara de Lempicka (1898-1980), una pintora de la distancia y la frivolidad. Resaltar sólo el arte comprometido es una posición respetable, pero me parece restrictivo; es cierto que hay “obras de arte” que ni se disfrutan estéticamente ni dicen nada: ese arte pueril no me interesa (ha habido exposiciones de bosta humana en destacados museos, testimonio de la decadencia y muerte de la cultura y el buen gusto). Pero este no es el caso, si bien Tamara de Lempicka ha generado mucha discusión y rechazo. Conozcamos a la artista con cierto detalle. No obstante, es necesario aclarar que lo que importa de un artista es su obra más allá de las vicisitudes de su vida; en el caso de Tamara ambos aspectos están muy entrelazados.


Para empezar, se discute su fecha de nacimiento porque algunos consideran que la ocultaba para sacarse años, y se discute si nació en Varsovia como dice su partida de nacimiento, o en Moscú, lugar éste que negó por el origen judío de su padre o por su odio al comunismo que había encarcelado a su primer marido.


Hija de un rico abogado judío de origen ruso y madre también judía; no se sabe si se divorciaron o el padre murió.


Su cuna fue lujosa y abundante y su vida fue una aventura con toda clase de “excesos” (entre comillas porque en realidad los excesos suelen ser vistos como tales por los desagradables bienpensantes de la sociedad).


Luego del divorcio de sus padres viajó a Italia con su abuela y luego a San Petersburgo con su tía. En 1916 estaba casada con el abogado polaco Tadeusz Łempicki. Banquetes, fiestas, ópera, bailes… todo se interrumpió por la revolución rusa de 1917. Su marido fue detenido por los bolcheviques, pero un favor a ella del cónsul sueco logró que pudieran escapar hacia París.


La hermana de Tamara la motivó a seguir su formación pictórica y sus primeros retratos le dieron fama en la alta sociedad parisina. Eso le posibilitó volver a sus romances, fiestas y orgías.


Se divorció de Lempicka y se casó con el barón húngaro Raoul Kuffner, quien se convirtió en su coleccionista y juntos realizaron un viaje a EE.UU. para conocer otros posibles clientes. Allí se convirtió en una celebridad y parece que Dalí, Orson Welles, Greta Garbo y Rita Hayworth fueron concurrentes a sus grandes y sonadas fiestas.


Luego comenzó su decadencia como pintora y quedó el rumor de sus “excentricidades”.

Tamara nunca ocultó su bisexualidad y sus romances fueron la comidilla en las cenas de los famosos. Luego, comenzó con depresión y a necesitar tratamientos siquiátricos.

Fue amiga de escritores fascistas y su hija comentó que a su madre solo le interesaban las personas a las que llamaba “las mejores, las ricas, las poderosas, las exitosas”. A eso se debe seguramente que en sus cuadros hayan aristócratas, militares, duques y duquesas…además de escenas lésbicas. Era cocainómana y se dice que en sus noches de soledad bajaba al puerto en busca de marineros y empleadas de limpieza para llevárselas a su cama. Una mujer de vida intensa y transgresora.


Tamara de Lempicka falleció el 18 de marzo de 1980 en Cuernavaca, México. Su hija Kizette, complaciendo su último deseo subió a un helicóptero y esparció sus cenizas en el cráter del volcán Popocatepl.


En 1929 pintó su obra más famosa, la que presentamos hoy. Se llama Autorretrato en el Bugatti verde. Es un óleo sobre tabla de 35 cm x 27 cm que se encuentra en poder de una colección particular.


Allí se ve a Tamara en uno de esos lujosos y carísimos coches, que ella nunca tuvo. No se sabe si por error o intencionalmente el auto tiene el volante a la izquierda cuando por esa época estos modelos lo tenían a la derecha. Ahí está ella, maquillada, con una gestualidad algo fría, de mujer liberada, provocativa, independiente, desafiante. Lleva un sombrero ajustado, guantes y una larga chalina que en su ondulación nos da idea de que circula a alta velocidad. Una figura muy identificada con los “locos años veinte” del siglo pasado. Parece que este cuadro, pintado a pedido para tapa de una revista destinada a promocionar a la mujer moderna, fue un homenaje a la bailarina estadounidense Isadora Duncan que dos años antes murió estrangulada cuando su larga chalina se enredó en una de las ruedas de su Bugatti (que, en realidad, tampoco era un Bugatti).


Según dicen fuentes confiables, la estética de sus cuadros volvió loco a Jack Nicholson, y enamoró a Barbra Streisand y a Madonna, que tras comprar alguno de ellos afirmó “jamás nadie me inspiró tanto”.


Se considera a Tamara de Lempicka una exponente muy destacada del art decó que fue un movimiento de gran popularidad que impregnó a todas las manifestaciones artísticas por los años 20 y 30 del siglo XX. Un arte que, a diferencia del realismo de Courbet, el pintor que vimos la semana pasada, no pretendía realizar ninguna crítica social ni meterse con ideas complejas sino reflejar el mundo moderno, surgido luego de la Primera Guerra Mundial, optimista, refinado, opulento y elegante, representativo de las clases privilegiadas. Claro que esto duró hasta el mismo 1929 en que la crisis de la “única economía posible” hundió al mundo en una gran depresión. Y luego vino lo que todos sabemos…

Publicada: 29/08/2023

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