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Ciudades naturales y hormigueros artificiales

Por Aramís Latchinian

La pandemia de COVID-19 ha intensificado el debate respecto a la intromisión en la vida silvestre por parte de las grandes ciudades, en este caso teniendo como protagonistas a los murciélagos y los pangolines, por un lado, y a populosas ciudades chinas por el otro.

Faltándole un poquito el respeto a la ecología y al urbanismo, en esta nota discutiremos si las ciudades son ecosistemas artificiales con pequeños parches de naturaleza, o por el contrario, son ecosistemas naturales con pequeños parches de vegetación artificial.


En apariencia es una discusión tan útil como determinar si las cebras son blancas con rayas negras o al revés. Pero esta discusión trae de contrabando la aparente dicotomía natural vs artificial, en la que asumimos de forma un tanto culposa, que lo natural es bueno y lo artificial es malo. Y este enfoque sí ha influido históricamente en la forma de planificar el desarrollo de las ciudades.


Un ecosistema de hormigón

Frecuentemente se habla de las ciudades como un tipo particular de ecosistema, y tal vez sea correcto. Las ciudades, al igual que el resto de los ecosistemas tienen un medio abiótico -el soporte físico, inanimado, donde se desarrolla la vida-, el suelo, el agua, el aire, son diferentes en cada ecosistema. Por ejemplo, en la ciudad el suelo está mayormente impermeabilizado y los líquidos se conducen entubados, de forma subterránea. Aquí se empieza a complicar, porque usualmente nos referimos a la impermeabilización del suelo como un impacto ambiental provocado por la ciudad. Pero si la impermeabilidad del suelo es una característica de este tipo particular de ecosistema, ya no es un impacto, no es un daño sino una condición. El suelo impermeable y la conducción entubada de los líquidos, no es bueno o malo, es una característica del ecosistema urbano. Es la evolución natural de la cuidad. Cuando los urbanistas hablan de desarrollar la ciudad, piensan en calles asfaltadas y en redes de saneamiento, no en como evitarlas.


Las ciudades también tienen, al igual que los demás ecosistemas, un medio biótico, conformado por las comunidades de distintas especies que se relacionan entre sí y con su entorno inanimado. El medio biótico en la ciudad lo constituyen distintas comunidades humanas, casi como distintas especies que se relacionan, con sus idiosincrasias y culturas. Durante la evolución de la ciudad, algunas de esas especies de humanos se extinguen y aparecen otras, lo que no es malo ni bueno. Veremos más adelante, que árboles, perros, caballos, ratas y gorriones, no son parte importante del medio biótico de la ciudad, solo existen en la ciudad por su relación con los seres humanos. Las comunidades de humanos, segregadas en ese proceso de especiación, por nivel socio-económico, por barrio, por color de piel, cuadro de fútbol o franja etaria, sí son la fauna relevante en la ciudad.


Como en cualquier ecosistema, las comunidades se relacionan entre sí y con su entorno, y estas relaciones hacen evolucionar al ecosistema. Hay quienes parasitan y quienes compiten, hay predadores y carroñeros; ninguna comunidad humana es ajena a esta dinámica. En este escenario, los demás seres vivos que habitan la ciudad, tienen un rol marginal. Una particularidad del ecosistema urbano es la predominancia del medio antrópico, que no son las personas, sino las características originales de esta especie -la cultura, la economía, la delincuencia, la tecnología-. Podemos suponer que los árboles del ornato público, las ratas y los perros, corresponden más al medio antrópico que al medio biótico.


Usualmente en los ecosistemas en equilibrio, la energía fluye a través de los distintos niveles tróficos, entra y sale, pero con una eficiencia muy baja en su aprovechamiento. De la energía solar incidente en una pradera, más del 90% sale del ecosistema y menos del 10% es aprovechada por el primer nivel trófico (fotosíntesis).

Pero el ecosistema urbano funciona distinto, a diferencia de todos los demás, la energía que verdaderamente hace funcionar a este ecosistema es energía secundaria, que llega por cables, tuberías y camiones, más que por el sol o el viento, que no son determinantes en el funcionamiento del ecosistema. A diferencia de lo que ocurre en una pradera, en la ciudad la eficiencia energética es alta, la mayoría de esa energía que ingresa es aprovechada para el funcionamiento del ecosistema (acondicionamiento térmico, iluminación, transporte, crecimiento). Y con la materia ocurre lo contrario que con la energía, mientras que en la mayoría de los ecosistemas la materia suele describir ciclos (Carbono, Fósforo, Nitrógeno) con pequeños ingresos y egresos, pero tendiendo a conservarse, en el ecosistema urbano los ingresos y egresos de materia son significativos -materiales de construcción, alimentos, bienes de consumo, fluyen por los ecosistemas-, en este sentido la ciudad es un ecosistema particularmente abierto.

Por último, los límites de los ecosistemas -que llamamos ecotonos-, están determinados por las variaciones bruscas en el gradiente de estas dimensiones ecosistémicas (medio abiótico, medio biótico, medio antrópico, relaciones, flujos y ciclos). Sabremos que la selva termina y comienza la sabana porque se reducirá significativamente la biomasa vegetal por m2, las especies serán distintas, aumentará bruscamente la energía solar incidente sobre el suelo, la velocidad del viento se reducirá de golpe al llegar a la selva. Los cambios serán abruptos, eso marca el límite. Lo mismo ocurre en la ciudad, sabremos que termina porque notaremos cambios claros en la permeabilidad del suelo, en la forma de conducir las aguas, en la concentración y tipo de humanos que habitan el territorio, en la temperatura ambiente.


Todo indica que la ciudad es un ecosistema particular, pero que sí funciona como tal. Las selvas tropicales, los arrecifes de coral, viven en una permanente orgía evolutiva, con los más promiscuos intercambios y flujos de genes, que podamos imaginar, violando todas las categorías linneanas que pretendamos imponerles, pero no por ello dejan de ser ecosistemas. La concentración de tantas especies en tan estrecha relación, es el combustible para la fiesta de la evolución y la creación, donde todo es intenso y efímero. Bien distinto a lo que ocurre en el desierto, donde la concentración de especies es menor y las dinámicas evolutivas son otras.


Extrapolemos esta idea, de la selva tropical a la selva de cemento. Grandes usinas de innovación y creatividad, donde tantas especies de humanos se relacionan violando todas las reglas -y órdenes de cuarentena-, y sufriendo las consecuencias. Un ambiente salvaje y magnético, esa es la naturaleza de la ciudad. Aquí también todo es efímero, los predadores no perdonan a sus presas y la competencia es despiadada. La ciudad es creadora, es divertida, es intensa. Pero crea cosas distintas que el medio rural, divierte y sana de forma distinta. La ciudad es al medio rural lo que el arrecife al mar abierto.


Del hormigón al hormiguero

Acordado entonces, que la ciudad sí es un ecosistema, aparece el siguiente debate; se suele asumir que “es un ecosistema artificial, fabricado por el Hombre, no un ecosistema natural como un lago o un bosque”. Detrás de esta afirmación de apariencia aséptica, está la culpa por la artificialización, el juicio: lo artificial es malo, lo natural es bueno. Sentimos culpa de la ciudad. El Hombre siente culpa de su ecosistema. Pero, aunque es una tontería pensar que a priori lo artificial es malo y natural es bueno, ni siquiera es cierto que la ciudad sea artificial.


Para discutir este punto, debemos detenernos y acordar qué entendemos por artificial y que entendemos por natural. Si definimos estos dos términos de forma conjunta, casi como antónimos, podemos decir que natural es algo creado por la naturaleza y artificial es algo que, existiendo en la naturaleza, nosotros lo fabricamos. Lo artificial es una copia -mejorada o no- de lo natural.


En mi opinión la artificialidad ambiental está definida por el carácter de imitación y no por la autoría del hecho. Que algo sea producido por el hombre, no lo hace artificial; el hombre, como cualquier especie hace cosas naturales.


Las ciudades son la creación original de una especie. Entonces las ciudades son naturales; lo artificial son las imitaciones de la naturaleza que fabricamos dentro de las ciudades: los parques lineales, el arbolado del ornato público y todos los elementos que instalamos imitando cosas existentes en la naturaleza, lo que no es malo o bueno, solo es al revés de una idea muy arraigada en ámbitos de planificación territorial.


No hay dudas respecto de los servicios ecosistémicos que nos brindan los macizos de vegetación urbana, capturan CO2 atmosférico y suministran O2, reducen el efecto de isla de calor y proveen sombra, protegen de la lluvia y de los rayos UV, entre muchos otros, pero sobre todo los beneficios son perceptuales y repercuten en nuestra salud; todos preferimos pasear o leer un libro entre los árboles y no entre columnas. Vale la pena destacar que existen muchas evidencias de la función relajante y sanadora que tienen los bosques -sean naturales o artificiales-. Este valor intangible es la justificación más importante para la incoporación de todo el verde posible en la ciudad.


Tampoco hay dudas de que los ecosistemas que se desarrollan naturalmente dentro de la ciudad o que la atraviesan -ríos, arroyos, bosques, entre otros- deben ser objeto de políticas de conservación, ya que la fragmentación y el aislamiento que la propia ciudad les provoca, es su principal amenaza.


Los seres vivos que habitan la ciudad, que no pertenecen al medio biótico sino al medio antrópico (desde árboles hasta ratas), son tan maravillosos como complejos y el hombre no tienen ninguna capacidad de fabricarlos. Su artificialidad es estrictamente ecológica, se debe a que los extrajimos de su medio natural o se reprodujeron como resultado directo de nuestra presencia.


Pero sin perjuicio de ello, cuando la tecnología sustituya los árboles de la vía pública por columnas que filtren el aire, regulen la sombra y sus aspersores humedezcan el ambiente si está muy seco, tendremos algo mucho más natural -para el ecosistema ciudad- que algo tan artificial como un árbol -que emite alérgenos, alberga plagas, levanta las aceras, obstruye cañerías, cae sobre los autos-.


En el futuro lograremos modificar tanto los árboles que nos hacen sentir más ecológicos, que controlaremos el crecimiento de sus raíces, repelerán las plagas y no tendrán polen. En otras palabras, habremos inventado la columna fotosintética. La tecnología es natural en el ecosistema urbano, la columna es más natural que el árbol en la ciudad, que no significa que sea más bella. El árbol es más natural que la columna, pero en el bosque. Esto no es un juicio respecto de la artificialidad o la naturalidad, solo intento establecer que la artificialidad corresponde a imitar elementos de un ecosistema, en otro que le es ajeno.


En la naturaleza existen lagos, son naturales. Pero nosotros fabricamos lagos, copiamos algo creado por la naturaleza, se trata entonces, de lagos artificiales. Asumiendo que la ciudad es un ecosistema, una columna de alumbrado público es un elemento natural del ecosistema ciudad -es original de este ecosistema y no estamos copiando algo preexistente-. Dicho de otra forma, el lago en medio del parque es artificial porque copia y fabrica un elemento existente originalmente en la naturaleza, mientras que las calles asfaltadas son naturales, ya que son transformaciones originales de una especie, adaptándose para vivir en su entorno. Veamos si unos ejemplos nos permiten aclarar esta idea.


¿Un hormiguero es natural o artificial? Una estructura súper-organizada, creada por individuos de una misma especie para modificar las condiciones del ambiente y mejorar su calidad de vida. Afuera hace calor y el aire está seco, pero adentro el ambiente es fresco y confortable. ¿Estoy hablando de un hormiguero o de una ciudad?

Las termitas africanas cultivan hongos dentro de los nidos -el desarrollo de la agricultura es común en especies de hormigas-, en los que regulan cuidadosamente la temperatura. El calor metabólico de las termitas se eleva por convección y se distribuye por un sofisticado sistema de cámaras y galerías, que garantiza que la variación de temperatura dentro del nido nunca sea superior a una décima de grado centígrado. No es exagerado afirmar que construyen nidos con aire acondicionado.


En África también hay hormigas que construyen en las alturas, nidos de hojas en las copas de los árboles. En una operación simultánea (no secuencial como en la mayoría de los casos), obreras de diferentes especialidades trabajan con una coordinación extremadamente precisa. En estas hormigas, llamadas tejedoras, las larvas producen hilos de seda que las obreras usan para tejer el nido. Mientras unas mueven y acomodan las hojas, otras aplican la seda usando a las larvas como pistolas lanza seda. En las hormigas tejedoras se ha demostrado, que mientras mayor sea la cadena de producción, mayor es el estímulo para que se sumen nuevas tejedoras e inicien nuevos proyectos de construcción. No sé si el hormiguero es un elemento artificial como las ciudades, o si las ciudades son elementos tan naturales como los hormigueros.


Hay en el mundo cerca de 15 mil especies de hormigas, con cientos de tipologías constructivas, incluso hay las que migran en millones, abandonando sus ciudades y buscando nuevos horizontes. Hay nidos de barro, de paja, algunas fabrican una especie de cartón, otras prefieren construir en madera. Pero en todos los casos impresiona el eficaz manejo de las leyes de la física, en tan perfectas construcciones, y la aparente necesidad de tomar decisiones nuevas durante el proceso.


Esta aparente planificación inteligente, ha confundido a los biólogos durante mucho tiempo, pero hoy sabemos que la construcción de un hormiguero no responde a una planificación específica, no hay un diseño arquitectónico pre-existente, ni un director de obra. El hormiguero es el resultado de organismos genéticamente condicionados, ante un estímulo simple. Es la selección natural, operando a lo largo de millones de años, la que explica ese resultado maravilloso. Digamos que la construcción de un hormiguero está determinada por la genética y la bioquímica, no por el ingenio y la arquitectura.

El proceso es como una reacción en cadena, la acción de un individuo (genéticamente condicionado), dispara la acción de un segundo individuo y así sucesivamente.


Casi como una metáfora, Edward Wilson adjudica esa maravilla arquitectónica a la inteligencia colectiva de un super-organismo[1] que es el resultado emergente de la interacción de muchísimos organismos simples.


Wilson define a las hormigas obreras como “agentes programados para funcionar de manera interactiva con un sistema de nivel superior”, básicamente como robots genéticos. Las obreras son individuos estériles que tienen funciones predefinidas como identificar el lugar adecuado para establecer el nido, conseguir el alimento, defender de los enemigos a las larvas, aún a costo de su vida. Las hormigas han llevado el desarrollo de la robótica a niveles que las novelas de ciencia ficción apenas se atreven a proponer.


El zoólogo francés Pierre-Paul Grasé formuló en la década de 1950 la teoría de la “estigmergia”[2], hoy demostrada y aceptada por la mirmecología -rama de la biología que estudia a las hormigas-, según la cual esta reacción en cadena donde cada obrera al iniciar el trabajo excita a su vecina, desata una especie de compulsión inmobiliaria. La presencia de los cimientos estimula a nuevas obreras a sumarse masivamente al edificio, incluso provoca una aceleración en el ritmo de construcción e incita a comenzar construcciones vecinas (solo les falta inventar la burbuja inmobiliaria). No cabe duda que al igual que nosotros, cooperan en el proceso de construcción y hay una clara división del trabajo. Los ejemplos son interminables en la naturaleza.


Que empiece la orgía

Comenzamos intentando dirimir si el carácter de natural o artificial lo define que haya sido construido por el Hombre o por otra especie, pero lejos de esas sutilezas, la conclusión obvia de esta reflexión, es que las ciudades deben desarrollarse tomando lo menos posible de la vida silvestre y emitiendo lo menos posible al ambiente. Se trata de un ecosistema que debe cerrarse cuanto pueda para no afectar a otros ecosistemas.

Pero para que ese aislamiento no implique el empobrecimiento y deterioro del ecosistema urbano, es necesario mucha ciencia e innovación tecnológica desprejuiciada.


Nosotros queremos que la ciudad tenga cosas de bosque, de pradera, de río, y eso no es malo, tiene raíces antropológicas muy fuertes y nos produce un bienestar que debe ser celebrado; pero lo vivimos de forma conflictiva con la naturaleza de la ciudad, y eso sí es un problema.


Es necesario darle más libertad a las fuerzas creadoras de la ciudad, lo que no significa pasarle por encima a los espacios verdes, se trata de que no nos impongamos prohibiciones éticas en la innovación, contraponiendo natural vs artificial. Hay que promover la mezcla, el flujo génico entre árboles y columnas. Experimentar sin miedo en las columnas fotosintéticas y los árboles transgénicos.

Ecosistemas como el arrecife o la selva, de gran diversidad e intensidad en las interacciones son centros de experimentación e innovación evolutiva, allí nada de lo posible está prohibido.


Algunas de las voces ecologistas más influyentes insisten en que la causa de la pandemia de COVID-19 es nuestra intromisión cada vez mayor en los ecosistemas naturales, que si no tocábamos al pangolín y al murciélago el virus no se hubiera enojado. A eso me refiero, si queremos pangolines, fabriquemos los nuestros y dejemos tranquila la biodiversidad. Mayor tecnología en la ciudad, para mayor conservación de la naturaleza.

[1] Bert Hölldobler y Edward Wilson, (2014). El super organismo. Belleza y elegancia de las asombrosas sociedades de insectos. Kata Edit. Bs.As. [2] P.-P. Grassé. La reconstruction du nid et les coordinations interindividuelles chez Bellicositermes natalensis et Cubitermes sp., la théorie de la stigmergie: essai d’interpretation du comportement des termites constructeurs, Insects Sociaux 6(1), 1959, pp.41-84.

Publicación original: 12/04/2021