• 25siete

Crónicas marcianas, Ray Bradbury (1950)

Por Inés Nogueiras

No recuerdo qué edad tenía cuando empecé a leer Crónicas marcianas, quizás doce o trece años. Pero sí tengo el recuerdo indeleble de la sorpresa y el extrañamiento que me generó desde sus primeras páginas. Ray Bradbury me invitó a un mundo donde medir un metro ochenta era ser un “gigante deforme”, tener ojos azules o cabellos negros era “inverosímil”, tener piel blanca era “muy extraño” y habitar un planeta como la Tierra, con todo ese oxígeno, sencillamente inaudito. Ser puesto en el lugar del otro y asistir a las reacciones posibles, mezcla de curiosidad y espanto, es un buen ejercicio cuando se tienen doce o trece años.


Veinticinco (o más) años después, vuelvo a visitar esas primeras páginas y, claro, el experimento de la otredad ya está “spoileado”. Sin embargo, se conserva una auténtica emoción por el reencuentro con ese y todos los demás cuentos que conforman este clásico de la ciencia ficción. Sus historias habilitan lecturas nuevas, relecturas, reflexiones cargadas de poética nostalgia —¡justo esta semana!— y de profecías inquietantemente posibles. Tal fue el talento de este genio centenario.


Quienes admiramos a Ray Bradbury sabemos que podemos volver a Crónicas marcianas —o a cualquiera de sus obras— como quien vuelve a una casa que habitó con cariño, pero de la que no recuerda todos sus rincones. Quienes no se han acercado aún a los multiversos que delineó su pluma, tienen en Crónicas marcianas una ventana abierta y un buen punto de partida.

Publicación original: 25/08/2020


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