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Horacio Tato López/El talento intelectual

Actualizado: sep 19

Por Pablo Rivera.


Su talento innato, su extraordinario desarrollo y su prematura irrupción en el mundo adulto del básquet producto de la explosión impactante de su juego, convirtieron a Tato, tal vez o sin tal vez, en el más grande jugador uruguayo de todas las épocas, una distinción mayúscula solo comparable con la figura de Oscar Moglia dentro de un país que ha dado a lo largo de su historia figuras de primerísimo nivel.

Su físico privilegiado, su contracción al entrenamiento como soporte central en un deporte de precisión y repetición por excelencia y su marcado perfil profesional que potenciaron sus facultades naturales, hicieron de Horacio el jugador que deleitó a todos durante una carrera marcada por los reconocimientos y que supo trascender fronteras con éxito superlativo.

Hijo de Mireya y Cacho, Horacio Rodolfo López Usera nació un 22 de enero de 1961.  Además de ser un ex basquetbolista de elite, Tato es profesor del deporte que ama y su marcada capacidad intelectual y particular sensibilidad que han trascendido claramente la media, lo llevaron una vez retirado de los escenarios de las grandes gestas deportivas a incursionar en la escritura y el periodismo.

Vinculado al deporte desde niño, sus primeros pasos en el fútbol y el ping pong fueron el punto de partida para su posterior carrera en el baloncesto iniciada en Bohemios, el club que lo recibió, cobijó y con el cual se identifica, teniendo en Horacio Gava y Ruben Bulla a los dos pilares centrales de su formación. Con apenas 15 años su magia lo catapultó a la Selección Uruguaya jugando su primer torneo Sudamericano de mayores con 16 años recién cumplidos habiendo sido internacional con Uruguay desde 1976 hasta 1993. Una trayectoria que también abarca diferentes clubes del medio local y del exterior y que tuvo su primera distinción allá por 1977 cuando fue elegido como revelación deportiva del año.

En 1978 parte becado al Quincy College en Estados Unidos y posteriormente a Hutchinson en 1980, una experiencia que marcaría a Tato no solo como deportista y que contribuiría de forma sobresaliente a su crecimiento personal y profesional para dar forma definitiva al jugador que deslumbraría a propios y ajenos.

Multicampeón con Bohemios y distinguido como mejor jugador con medias de doble dígito en puntos y rebotes en 1981, 82, 83 y 87, año en el que también se coronó como máximo anotador de la competencia. Durante su carrera en Uruguay también vistió los uniformes de Sporting, Neptuno, Welcome y Aguada, club con el cual pondría fin a su exitosa carrera a los 35 años y en plena vigencia.

En el exterior alcanzó su mayor destaque jugando en Italia donde formó una dupla dorada junto al Hall of Fame FIBA, Oscar Schmidt. También jugó en Ferro de Argentina y Monte Líbano y Franca de Brasil, habiendo sido distinguido como mejor extranjero de la Liga Brasileña en 1988 y de la Liga Nacional Argentina en 1992.

Con la Selección Nacional se coronó en el Sudamericano de 1981 disputado en el Cilindro junto a figuras de la talla de Wilfredo Ruiz, Carlos Peinado, Hebert Núñez y Luis Eduardo Larrosa quienes junto a él conformaban el quinteto abridor de esa camada excepcional liderada por Pirulo Etchamendi que contaba también con las presencias estelares de Luis Pierri, Álvaro Tito, Julio Pereyra, Walter Pagani, Horacio Perdomo, Víctor Frattini y Juan Carlos Mignone.

Esta fue la última gran generación de nuestro básquet que hizo posible la última participación olímpica de nuestro país en los Juegos de Los Angeles de 1984 habiendo obtenido su boleto gracias al segundo puesto logrado detrás de Brasil y por delante de Canadá en el Preolímpico de San José Dos Campos.

En tiempos donde concurrir a una Olimpíada se torna cada vez más difícil, el sexto puesto de Los Angeles cobra aún mayor magnitud, siendo Tato el goleador de dicho torneo en el cual participó formando parte del equipo de los EEUU un joven que a la postre se convertiría en la máxima estrella del básquet mundial, un poco conocido por aquellos tiempos Michael Jordan.

Además de haber sido goleador olímpico su palmarés individual con la Selección, también registra más distinciones al ser nombrado jugador más valioso de los Sudamericanos de 1985 en Medellín, 1991 en Valencia y goleador del torneo Preolímpico de Portland en 1992.

Galardonado por el Comité Olímpico Uruguayo y la Asociación de Periodistas Deportivos con el Premio Charrúa de Oro en 1987 al mejor deportista del año y nombrado por la FIBA como Leyenda Latinoamericana del Basquetbol en 2007.

Esta reseña a la brillante trayectoria deportiva de Tato no puede ni debe soslayar la calidad humana de un ser humano excepcional que en tiempos de atropellos y libertades coartadas fue catalogado absurdamente por ciertos sectores de la sociedad como una persona conflictiva a partir de episodios de público conocimiento en tiempos de oscurantismo pasado.

La vinculación de Tato con la pluma comienza en 2006 cuando publica La vereda del destino, un suceso que superó las expectativas y por el cual fue distinguido con el premio Bartolomé Hidalgo, en ese testimonio autobiográfico confluyen recuerdos de su infancia y adolescencia, familiares, su trayectoria dentro del básquet y su primer viaje por ese destino enigmático llamado India. De allí en más, Almas de vagar, La fiesta inolvidable, El camino es la recompensa, Lo no dicho y Muzungu Blues nos muestran que el talento de este icono del deporte uruguayo también ha logrado trascender los campos de baloncesto.

Para aquellos que tuvimos la mínima posibilidad de estar cerca de él gracias al básquet, de haber tenido el placer de ser compañeros de trabajo de Cacho, su padre, y de compartir vivencias y anécdotas en su paso por Aguada, la figura de Tato encierra una dimensión mucho mayor que la de un simple ídolo deportivo.

Publicación original 13/08/2020

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