• 25siete

La mejor jugada de la historia

Por Felipe González Rossi

Una teoría y su verdadera gracia

En cualquier actividad humana con cierta tradición, que tenga como común denominador el requerimiento de hábitos o conductas repetitivas, los participantes tienden en general a reiterar los comportamientos de sus predecesores sin cuestionarse demasiado el porqué, el verdadero sentido y provecho que se extrae de ellas. ¿Cuál es el propósito de saludar al entrar a una sala de espera con gente desconocida? ¿Qué sentido tiene que dos periodistas que comienzan una transmisión en vivo se saluden, si todos los televidentes ya saben que desde hace rato detrás de cámara están trabajando juntos? ¿Por qué la novia debe llevar un vestido blanco cuando su color preferido es el rojo? ¿Por qué festejar el cumpleaños del primer año de un hijo cuando lo más probable es que el recién nacido pase la totalidad del festejo durmiendo sin valorar ni ser consciente de las felicitaciones que está recibiendo? La lista es interminable y el común denominador es que los ejecutantes realizan las acciones sin mediar una evaluación demasiado profunda de su real conveniencia o significado.


En el fútbol, también es usual ver cómo actitudes, jugadas, tácticas, o simplemente gestos, que no tienen una causa racional o que no persiguen el lógico objetivo de sacar provecho para ganar un partido, se repiten. Y se repiten partido tras partido, campeonato tras campeonato, sin ton ni son, sin verdadera justificación o propósito. Se repiten simplemente porque otro lo ha hecho antes, sin cuestionarse si lo que se está haciendo es lo que más sirve para ganar.


Es probable que incluso vos, un simple hincha, nunca te hayas dado cuenta de lo que te estoy hablando porque tampoco vos nunca te lo has puesto a pensar. ¿O me vas a decir que existe el estudio científico que demuestra que en los tiros libres directos hay que pegarle a la pelota con la cara interna del pie? No hace siquiera dos décadas que gracias a Juninho Pernambucano, y no a un análisis de optimización, se comenzó a popularizar esa pegada seca, que genera un efecto impredecible al balón. Porque Cristiano Ronaldo no le pega con la técnica que le pega a los tiros libres gracias a análisis físicos, sino simplemente porque comenzó a imitar el gesto de otros exitosos profesionales como Juninho.


Por suerte para el fútbol, Panenka en el año 76 popularizó una variante al lanzamiento del tiro penal. Y créanme que hoy los que imitan al checo, no se cuestionan si no existe otra forma alternativa de patear el penal para la derecha, para la izquierda, pegarle fuerte al medio o simplemente picarla.


Es posible que exista la respuesta a la pregunta de cuál es la variante que maximiza las posibilidades de convertir un penal y que también exista una respuesta a la maximización de posibilidades de atajar ese lanzamiento. Sin embargo, el menú del día que ofrece la carta del ejecutante tal vez no incluya la opción de la respuesta correcta, ya que nadie va a dedicar un solo segundo a pensar si hay una forma diferente de patear un penal que optimice las posibilidades de convertir. ¿Acaso las opciones que va a manejar un golero no son las de optar por tirarse hacia el lado derecho, tirarse hacia el lado izquierdo o quedarse parado en el medio del arco?


Creo que la explicación lógica a tal comportamiento es, al igual que en otros ámbitos de la vida, que los actores principales (los jugadores, los técnicos, los jueces) están tan concentrados en ciertas cosas, que no tienen tiempo para cuestionarse el sentido de algo que simplemente hacen porque alguna vez vieron que otro lo hizo de ese modo. Sencillamente no están preparados para cuestionarse todas y cada una de las acciones que realizan. Probablemente por esto son tan preciadas ciertas facetas del jugador “del campito”, de aquel jugador que seguramente por haber crecido sin estar contaminado por esas costumbres irracionales, por tener tiempo para tomar otras decisiones, ante determinadas circunstancias sale con cosas que para el común de los parciales son inusuales.


Es que parte de la magia que rodea al fútbol profesional es recogida de lo que vendría a ser el mundo no profesional. En el mundo del fútbol amateur, en el campito, en el fútbol como pasatiempo, uno podrá encontrar muchas excepciones a las prácticas ortodoxas del deporte, de modo que, a menudo mirando un partido amateur se encontrará con situaciones completamente atípicas, extrañas, nunca antes vistas en la televisión, en lo que para muchos es el mundo del fútbol.


Tal vez cuando termines de leerme, compartas que en el mundo del fútbol profesional, que no es el completo universo del fútbol sino solo un mundo del fútbol acotado, aún no está todo inventado y que hay muchas cosas todavía por aprender del fútbol que es exclusivamente por placer, del fútbol por las ganas de hacer deporte con amigos, del fútbol por defender una causa que es la justificación de una amistad, en fin, del fútbol que ya hacía muchos años practicaba La Isla, un típico cuadro de amigos.


Tal vez también compartas conmigo que la gracia de romper con uno de estos fenómenos sociológicos que se repiten sin ton ni son, sin un análisis profundo de su verdadero sentido, de no repetir un patrón habitual de comportamiento por el simple hecho de que otros lo hicieron, no reside solo en el haber roto el patrón de comportamiento exitosamente. La gracia también estará en cuestionarte si ese comportamiento inusual al que se ha expuesto inéditamente a compañeros, rivales, jueces y reglamentos, tiene la potencial capacidad de repetirse en el profesionalismo con el mismo éxito.


Dos filosofías

En el universo del fútbol amateur, aquel que se juega solamente por pasión, pueden distinguirse dos paradigmas contrapuestos, y según cuán de acuerdo con uno u otro se encuentre el equipo, será fácil predecir en qué posición de la tabla finalizará el torneo y a qué tipo de problemas se enfrentarán sus integrantes o jugadores. Estos paradigmas que aún no te expliqué, no necesariamente son incompatibles entre sí. Es decir, dentro de un mismo campeonato podrán existir cuadros partidarios de un paradigma y otros partidarios del paradigma antagónico.


Antes de pasar a explicar cada uno de ellos es vital aclarar algo más. Cuando cada cuadro se crea, así como se define dónde se jugará de local, quién será el técnico, o se vota el color de la camiseta, también se define implícitamente si se va a aplicar una u otra filosofía. En principio es así, luego sobre la marcha el tire y afloje de todos los que conforman el cuadro determinará qué tan pura se aplica una u otra.


El primer paradigma es el que se acerca más a lo que es el objetivo que tienen los cuadros profesionales, es el que podríamos llamar “Ganar como sea”. En este tipo de cuadros, lo que más importa es ganar, y la persona que decide formar parte de esa empresa deberá comprender que si es titular un partido, es porque hoy es el mejor, pero que en cualquier momento puede dejar de serlo pudiendo comer banco cinco partidos al hilo. Deberá prever que mañana cuando se ponga gordo y lento, no se podrá molestar porque no juega nunca, y que si quiere seguir siendo parte del equipo, no solo deberá entrenar más entre semana, tendrá también que complementar el entrenamiento con un psicólogo que lo ayude a aceptar que pronto ya no podrá jugar más, que los años pasan, que puede haber otros mejores que el, que ya a nadie le importa la cantidad de goles, caños o pases que haya hecho en el pasado.


Aquí las frases como “lo más importante es el grupo humano”, o “no me pone porque me peleé con el técnico”, son casi tan hipócritas como en el fútbol profesional. Difícil que si sos el mejor del cuadro, quedes afuera un partido por haberte peleado con el técnico. Si no, piensen si alguna vez (en sus respectivos esplendores) Maradona, Messi, Pelé, Enzo, Ronaldo, etc, fueron suplentes por haberse “peleado con el técnico”. No es casualidad, ni tampoco es casualidad que a los que les importa el grupo humano, cuando quedan dos meses de suplente, busquen cambiar de cuadro. En estos equipos lo que importa es ganar, lo demás es relativo.


Un detalle más, por lo general cuanto más pura es la aplicación de esta filosofía, más arriba en la tabla de posiciones vas a encontrar al cuadro.


El paradigma contrapuesto, el más simpático, es el que puede llamarse “Donde juegan todos”. Los cuadros que promueven esta filosofía, salvo milagros, están peleando el descenso justamente porque no hay delantero rengo, volante ciego o golero manco que se quede sin jugar. En este tipo de cuadros juegan todos los amigos, y hasta el más crack puede salir de la cancha sustituido por el tipo más fuera de forma, más cagón y más burro que se haya visto jugar.


Pero cuidado, porque esta filosofía que puede resultar muy simpática al principio, ya que es capaz de unir once almas como nada en la vida, que puede explicar el festejo interminable de un empate contra un cuadro de mitad de tabla, suele ser también capaz de deshacer a los planteles, que tras comerse cinco goleadas consecutivas comienzan a mermar en cantidad de jugadores. Es que lejos de parecer algo extraño, debería resultar natural que luego de cinco fechas donde te llenan la canasta en forma consecutiva y no te dejan tocar una pelota, los integrantes del plantel comiencen a desmotivarse y a pensar que hay otras cosas más gratificantes en la vida. No va a ser la primera vez que alguien llega a la cancha a jugar contra uno de esos cuadros “Donde juegan todos” y ese equipo rival no llega a once jugadores, convirtiéndose el partido del domingo de mañana en un auténtico embole, un trámite, una magnífica oportunidad para ver al arsenal de “pizarreros” que juegan en el cuadro ganador.


Por lo anterior, y porque no todos los cuadros pueden ser campeones, es que los paradigmas puros difícilmente existan. Más bien cada equipo aplicará una combinación de uno y otro y se situará en el lugar que sus integrantes acuerden tras largas horas de negociaciones y de comunicaciones semanales. Año tras año y hasta a veces partido tras partido, se revisará la filosofía: “Fulanito no puede jugar más”; “Menganito no puede salir en el entretiempo para que entre un perro”; “Jorgito lejos de calentarse por haber jugado veinte minutos, tiene que dar gracias a la vida por poder pisar al menos un rato una chancha”; “Ya sé que era un sorete, pero porque no invitamos a Pablito a que venga a jugar los domingos, mira que yo lo he notado cambiado y además todos sabemos que es el jugador que estamos necesitando”.


La Isla, el equipo dueño de la presente historia, era un cuadro de barrio que toda la vida se acercó al segundo paradigma, al más simpático, al “Donde juegan todos”, sin importar lo burro que fueras. Eso no le hizo ganar ni grandes, ni innumerables campeonatos, pero a costa de esfuerzos, de garra, de rebeldía, de amor por la camiseta y de ganas por mantener unido un grupo de amigos, esos muchachos habían construido una serie de historias, de mitos y de hazañas que difícilmente pudieran haber existido en un cuadro que aplicara la otra filosofía. No sería el cuadro más laureado, pero a esa altura era por robo el cuadro con más mística de toda la liga.


Luchar en inferioridad de condiciones consiguiendo en forma bastante salteada alguna victoria, pero manteniendo siempre heroicamente el honor intacto, construía un sentimiento de orgullo inigualable. Porque si estamos de acuerdo que el verdadero esfuerzo es el mejor material para construir algo de lo cual estemos orgullosos, no habrá orgullo más grande que defender estoicamente domingo a domingo un cuadro con tus amigos; no habrá empate más emocionante que aquel con un gol de un rengo; ni una victoria más festejada que aquella en la que el promedio de edad de la línea de cuatro esté arriba de los cuarenta años.


La mejor jugada de la historia

La selección argentina de fútbol llegaba a aquel mundial siendo muy cuestionada por la prensa. Habiendo corrido riesgo de destitución su propio técnico, ni la fase de clasificación ni los partidos de preparación habían dejado conforme al público. Lejos estaba de ser un combinado favorito como pudo serlo años después cuando en su plantel contara con Lionel Messi, Agüero, Di María y una cantidad de estrellas que los acompañaban. Pese a haber salido campeón en el 78, prácticamente podía decirse que Argentina (al igual que Inglaterra), no había salido campeón del mundo aún, o que al menos sus méritos eran cuestionables.

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Uno puede clasificar a los jugadores de un equipo entre defensores, mediocampistas y delanteros, pero en el fútbol amateur existe otra forma de clasificarlos. La otra forma de clasificación no es tan usual, pero a los efectos de analizar un cuadro amateur es muy útil. El criterio consiste no en analizar la posición en que juega cada jugador, sino del rol que cumple dentro del plantel. Para aplicar esta clasificación es preciso no solamente conocer a fondo el cuadro, es preciso también conocer de fútbol por placer, de fútbol amateur, de fútbol.


Bajo este criterio es que surge el concepto de jugador líder, pero no aquel que toma las decisiones más importantes y que es el referente dentro de la cancha, no aquel que se encarga de hablar con el juez, no el que calma a sus compañeros ante un fallo polémico. Me refiero al líder en forma más amplia. Es un concepto que en el juego por plata no existe ya que es aquel que organiza como llegar a la cancha; es decir el que define en qué medio de transporte va cada uno, aquel que tiene la palabra final de dónde y cuándo es el asado de fin de año, aquel que hace de mediador entre dos jugadores que tengan pica, el que da el consentimiento definitivo para que se incorpore un nuevo integrante al plantel, el que mira de reojo quién está pagando la cuota y quién no, al que los compañeros llaman entre semana para avisar que el fin de semana siguiente no podrán ir por tener una fiesta de vida o muerte. Quién alguna vez haya formado parte de un cuadro amateur, sabrá rápidamente a qué me refiero.


Bajo este mismo criterio se puede distinguir también a aquel jugador que le da la cuota de adrenalina a la llegada a la cancha. Ese que tal vez por ser de los más nuevos o por no estar tan comprometido con la camiseta, o simplemente por haber quedado soltero hace relativamente poco, va al boliche la noche antes de los partidos y absolutamente siempre hay que preocuparse de levantarlo y pasarlo a buscar, y hasta que no lo ves en la cancha, no estarás seguro de si vendrá o no.


Otro que es infaltable, y que todo cuadro necesita tanto como al goleador o al golero, es ese que no falta nunca a pesar de que juega poco y nada. O porque es un perro y nunca pudo jugar en ningún lado; o tal vez porque acarrea una lesión crónica típica de un jugador poco profesional, que labura toda la semana y que no está para dedicarse a recuperarse como debería; o por lo que sea, pero es ese jugador que no falta nunca. Es el jugador con el que la mayoría tiene ganas de abrazarse en el festejo de un gol importante.


Un buen cuadro además siempre cuenta con esos jugadores que saben que nunca pero nunca, ni aunque se lesionen todos los demás suplentes, van a entrar, y sin embargo no solo siguen yendo sino que son piezas clave para formar ese ambiente mágico que solo existe en un cuadro de amigos. Esos jugadores son los que hacen que todos los demás tengan un poquito más de ganas de levantarse un domingo de mañana con temperaturas cercanas al cero grado. Estos tipos son determinantes para que el domingo de mañana sea un momento único ya que aportarán humor y apoyo hagan lo que hagan los once que están del lado de adentro de la línea de cal.


Estos tipos son los que tal vez aporten más magia a este mundo del fútbol. Sencillamente tipos como estos no pueden existir en el fútbol profesional ya que inevitablemente si no juegan, tarde o temprano deberán dejar el cuadro escudados en el clásico “me peleé con el técnico”. Ellos son los que de verdad vuelven valioso el grupo humano que tantas veces se destaca en una conferencia de prensa profesional.


La lista de jugadores podría extenderla cuanto quisiera porque a los anteriores hay que agregar al que junta la cuota; al que bajo el falso pretexto de ser desordenado, paga una cuota cada tres; al que juega en tres cuadros diferentes y juega solo cuando los partidos son a tal hora y también al que no puede ir a practicar entre semana porque trabaja de noche. Pero dentro de todos los roles que puede haber, hay uno imprescindible y que discrecionalmente dejé para el final, al que llamo “El comodín”. Este es el rol que justamente le tocaba al Vicio, nuestro personaje principal. Este es un rol muy especial ya que debe reunir simultáneamente tres características:


1- Poseer una personalidad dócil, es decir no ser de aquellos que se quejan por ejemplo si los ponen por izquierda, o de lateral, o de golero, o de lo que sea porque sobre gustos no hay nada escrito.


Todos los que alguna vez formaron parte de un cuadro de amigos, soportaron el capricho de ese que no quiere jugar en alguna posición, y por más que al equipo le sirva que juegue ahí, el se va a oponer a tal estrategia. Así como está el caprichoso, en el otro extremo está el que se fuma cualquier cambio de posición, el que agachará la cabeza y dará una mano en el lugar donde se lo necesite.


2- Debe ser portador de una capacidad física privilegiada que le permita desenvolverse bien si le toca correr mucho cuando lo ponen al medio de la cancha; ser suficientemente rápido como para marcar al puntero, si lo ponen de lateral; no ser un negado con la pelota y tener cierto juego aéreo si juegan de delanteros; y tener una altura mínima y unos huevos suficientemente bien puestos como para entrar a atajar si es necesario.

3- Finalmente debe no ser considerado de los mejores jugadores del cuadro en ninguna posición, para que no ocurra que el técnico de turno piense que no puede sacarlos de tal o cual lugar. Suele ocurrir que al rápido y habilidoso lo ponen de punta, y nunca pero nunca a nadie se le va a pasar por la cabeza sacarlo de esa posición para ponerlo de lateral. A nadie se le ocurre. Es común que al tipo que tiene tres pulmones nadie lo saque del medio de la cancha. Por esto mismo, para poder llegar a ser “El comodín” es necesario que no seas intocable en ningún puesto.


El Vicio era portador de cada una de estas características, básicamente porque estaba para sumar para el equipo en la posición donde le tocara, porque era un tipo ágil, relativamente rápido y con una gran capacidad aeróbica que le permitía: si jugaba de lateral, que el puntero de turno no lo hiciera pasar vergüenza; si jugaba de cinco, correrlos a todos y pasar la pelota a los que saben; si jugaba arriba, garronear alguna pelota a los defensas y mandarla a guardar. Incluso si jugaba de golero, tenía la audacia suficiente como para pasar desapercibido un buen rato, antes de que algún rival se diera cuenta que no era su puesto y empezaran a patearle de todos lados. El tipo era lo suficientemente bueno para pelear un puesto en cualquier posición pero lo justo para no ser clave en ninguna.


Tal vez aburra la insistencia con el tema, pero me veo obligado a jerarquizar la importancia de un jugador con este rol en un cuadro que defiende el paradigma del “Juegan todos”. Porque es un jugador que garantiza que el cuadro sea al menos presentable si el golero tiene al hijo enfermo, el goleador está engripado, o el lateral se emborrachó la noche anterior y se durmió. Porque para un técnico de un cuadro con esta filosofía, tener jugadores con estas características es indispensable, este jugador los va a sacar de cualquier apuro, permitiendo poder armar cualquier puzle para ponerlos a todos.


Todo esto explica que ese campeonato el Vicio estuviera peleando la tabla de goleadores (en verdad estaba lejísimos del goleador del campeonato, pero es cierto que aparecía en la tabla que mostraba a los primeros treinta) y a su vez (gracias a que el golero titular no había faltado muchos partidos), estuviera entre los goleros menos vencidos del campeonato. Sin lugar a duda un hecho impensado en el profesionalismo que un jugador aparezca entre los goleros menos vencidos y simultáneamente en la tabla de goleadores en el mismo campeonato, pero en la dimensión mágica del fútbol todo puede pasar.

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Argentina aún sufría las consecuencias de una guerra injusta y sangrienta para la que no había estado preparada y por la que no solo se habían desarmado familias enteras, se habían perdido riquezas invaluables, y hasta parecía haber perdido también el honor.


Esa tarde tendría una pequeña gran revancha ante una no menor adversidad. Se enfrentaría en el Estadio Azteca a la mismísima selección inglesa que venía de derrotar a Paraguay por tres tantos contra cero y a quién nunca antes había podido vencer en la historia de los mundiales. Había perdido tres a uno en el mundial del 62´ y uno a cero en el dudoso mundial del 66´.

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La Isla, que ese campeonato estaba peleando lógicamente el descenso, jugaba ese domingo de mañana de visitante contra un "cuadro de milicos”, que en pleno gobierno militar de facto en el que vivía el país, estaba peleando el ascenso haciendo de local en el cuartel de Blandengues.


Entrar a un cuartel en plena dictadura militar no era algo para cualquiera, y mucho menos si además estabas entrando al lado de una serie de barbudos con pinta de rebeldes, a tratar de complicarle la vida al cuadro que es el orgullo del recinto. Ingresar a un cuartel en plena dictadura a desafiar cuanto orgullo hubiera en la vuelta, era como pelearse con el dueño de la pelota. Corrías el riesgo no solo de que se suspenda el partido, sino de no jugar nunca más a nada.


Siempre que uno de los testigos relata la historia, destaca justamente esto. Que era a finales de los 70´ en Blandengues, que tenía cien milicos afuera de la cancha alentando por su propio cuadro y que si empataban se asegurarían el ascenso. Que por su parte, de La Isla habían llegado en hora solo ocho jugadores porque otros tres habían perdido el bondi y habían ingresado con el partido con 20 minutos de comenzado.


Para hacer más hostil pero hazañoso el panorama falta agregar dos condimentos extra. Primero que al Tato, el golero, se le había enfermado el hijo esa mañana así que no había habido más remedio que mandar al Vicio al arco. Segundo, que en una de esas jugadas en que La Isla había pasado la mitad de la cancha y había conseguido un faul a favor, tras correspondiente “centro a la olla” se había puesto en ventaja 1 a 0. Este era el resultado cuando faltaban pocos minutos para el final.


Nunca escuché el detalle de cómo fue la injusta jugada en la que el juez del partido a falta de cinco minutos y cediendo ante la presión de la camuflada multitud, inventa un penal a favor de los milicos. Lo cierto y concreto es que dicha decisión derivó en que los jugadores de La Isla se abalancen contra el juez implorando justicia, denunciando desesperadamente su notorio carácter: un “mandadero”.


Las protestas duraron varios minutos, sin embargo, luego de un par de tarjetas amarillas y una roja, el juez había conseguido sacarse de encima a los jugadores isleños, y procedía a contar los pasos para estimar donde debía poner la pelota el delantero rival.


Durante los segundos en que el árbitro se dedicó a medir donde debía estar aproximadamente la borrada marca del punto del penal, los argumentos que denunciaban el sentimiento de impotencia de los jugadores isleños comenzaron a ser sustituidos en forma creciente por expresiones irónicas.

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Dios ya había mostrado su mano, pero su pincel aún no había terminado de pintar la obra maestra. La mejor jugada de la historia de los mundiales había comenzado a gestarse y Diego Maradona ya había parado la pelota con la pierna izquierda entre los dos primeros ingleses que lo estaban marcando.

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El Vicio indignado comenzó a seguir las absurdas recomendaciones del Pelado que le gritaba parado desde el borde del área que no atajara el penal, que se lo dejara hacer, que total la voluntad del árbitro era que empataran el partido y que si lo llegaba a atajar, inventaría algo nuevo para salirse con la suya.

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En el relato de Víctor Hugo Morales ya se había escuchado la frase “el genio del fútbol mundial” y Maradona se escapaba entonces del tercer jugador inglés.

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El Vicio, captando el mensaje de sus compañeros y con una actuación digna de un Óscar, siguió al pie de la letra los consejos que recibía de sus compañeros y optó por recostarse afuera del arco, apoyándose contra el vertical derecho que hasta hacía unos instantes defendía.

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Maradona ya se había escapado del cuarto marcador y había ingresado al área. Víctor Hugo Morales comenzaba a repetir la palabra “genio” como si quisiera asegurarse que todos lo estuviesen entendiendo.


A esta altura difícilmente exista en los registros gráficos de esa época, una jugada similar. Difícilmente algún espectador hubiese visto antes algo semejante. Se navegaba dentro de territorio desconocido.

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- Que patee rápido, así salimos de este trámite, suplicaba El Vicio al juez.


- ¡Déjalo Vicio, ni siquiera le pidas eso que todavía te va a echar, además así terminamos con esto rápido y nos podemos ir de una vez! Se sentía el comentario desesperanzadamente irónico desde afuera de la media luna del Rafa.


- ¡Callados nosotros, no le digan más nada al juez que tal vez esté preparando como va a festejar el gol y nosotros le estamos impidiendo concentrarse!, gritaba nuevamente el Vicio arriesgando un poco más a que le saquen una nueva tarjeta.


Mientras el Vicio desarrollaba recostado contra el vertical derecho su sarcástica performance, el delantero rival se dispuso a acomodar la pelota en el punto del penal para convertir el gol y conseguir el ascenso. Ni por la cabeza de aquel árbitro, ni por la cabeza de ningún otro jugador en la cancha pudo antes haberse figurado una situación de juego como la descripta. Nunca antes alguien había llevado hasta tal grado el absurdo. Ni hay normativa prevista que impida una conducta similar que sirviera de protocolo al juez, ni tampoco es normal que alguien se ponga a practicar penales sin golero de modo de estar preparado adecuadamente ante tan insólita escena. Todos navegaban en aguas insólitas y desconocidas.

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El cerebro estaba jugando su rol en esta guerra y la estrategia ya estaba planificada desde hacía varios años. Maradona estaba pensando en que no repetiría la estrategia por la que había optado seis años antes en Wembley. No definiría de primera sino que tomaría el consejo de su hermano Hugo y engañaría a Peter Shilton, simulando el tiro y enganchando una vez más la pelota.

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No es difícil imaginar qué habrá pasado por la cabeza de aquel “miliquito”. Seguramente al tener que ejecutar la pena con el arco vacío debió pensar en primer lugar en no errarlo, en realizar un lanzamiento sin correr riesgos y salir corriendo rápidamente hacia donde estaba su parcialidad a festejar. Pero seguramente también debió pasar por su cabeza la posibilidad de fallar, y acto seguido su imaginación debió llegar también a pensar en el ridículo que sufriría en caso de no embocarle al gigante arco vacío.

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Pese a que Diego Armando Maradona ya se había sacado de encima al golero Peter Shilton, aún sentía los pasos comiéndole los talones de Terry Butcher. La jugada era magnífica, pero había que terminarla.

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Pese a la continuidad del sarcasmo, el silbato del juez sonó y el ejecutante hizo lo que cualquiera hubiera hecho ante semejante circunstancia. Avanzó parsimoniosamente hacia la línea de la pelota y la pateó con cuidado, suavecita y hacia el medio del arco. La jugada era magnífica, pero había que terminarla.

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Fue exactamente en ese mismísimo instante en que el número diez argentino tocó la pelota para mandarla al fondo del arco, que el mejor gol de la historia de los mundiales había culminado. El grito de gol de Víctor Hugo Morales sonaba ensordecedoramente emocionante y la pantalla mostraba al personaje principal gritando y alzando sus manos al cielo de felicidad.

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Fue exactamente en ese mismísimo instante en que la pelota es acariciada por el delantero rival, que el Vicio, que continuaba con su monólogo, se calló. La jugada maradoniana había culminado. El Vicio había abandonado quejas y gestos de protesta y corría hacia la pelota que rodaba suavecito. La imagen del Vicio levantando los brazos con la pelota en sus manos al grito de "¡La Isla nomás!" difícilmente pueda borrarse de la memoria de alguno de los presentes.

Publicada: 26/04/2022


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